La última risa.

El olor a contaminación, basura y miedo flotaba en el aire nocturno de Gotham; cualquiera que llevara un tiempo viviendo en ella podía reconocer aquel aroma a desesperación. La ciudad vibraba como un ser vivo. El Joker aspiró profundamente y saboreó la podredumbre que exhalaba la noche. Un ataque de tos lo dobló por la mitad y se llevó un pañuelo blanco a la boca. Al terminar, vio las manchas carmesíes en la tela. Se moría, y la culpa era de Batman: los tóxicos del tanque al que cayó durante su primer encuentro lo habían cambiado para siempre. Su piel se volvió blanca como el yeso, su pelo verde y su mente se rompió en mil pedazos. Lo que no supo hasta hace dos meses era que esos mismos químicos lo estaban matando en silencio.

Se apartó de la ventana y contempló el gran almacén abandonado. Había decenas de matones armados a sus órdenes y varios tanques cargados con su nueva neurotoxina. Sabía que Batman no tardaría en llegar; ya había gaseado varios barrios marginales, transformando a sus habitantes en psicópatas sonrientes. Era su último regalo para Gotham: liberar a sus ciudadanos de las cadenas de la ley, la moral y la cordura. Los gritos de mando de Punchline lo sacaron de sus pensamientos. Tenía la certeza de que, cuando él faltase, ella continuaría su obra. Y lo que era mejor: llevaba a su hijo en el vientre. La siguiente generación del Joker nacería en pocos meses, criada desde la cuna para superarlo como villano. Descendió las escaleras con parsimonia, recolocándose el traje morado entre risitas ahogadas. Siempre habría un Joker para atormentar a Gotham y a Batman.

Los disparos y los gritos resonaron por todo el almacén. Una figura oscura avanzaba derribando secuaces con máscara de payaso: el invitado estrella había llegado al show final. El Joker observó cada puñetazo, cada parada y cada esquiva de su enemigo jurado; era como contemplar una danza macabra y violenta. Se giró hacia Punchline y le dio la orden de marcharse. Tenía dos misiones cruciales: escapar de Batman y activar los depósitos ocultos por toda la ciudad para la apoteosis definitiva. No hizo falta insistir; a diferencia de Harley, Punchline era de una obediencia fría y cumpliría su cometido al pie de la letra. Uno de los esbirros le entregó una ametralladora Thompson. La sopesó un segundo, apretó el gatillo y disfrutó del característico retroceso mientras descargaba una lluvia de plomo en dirección al Murciélago. Dos de sus propios matones fueron reducidos a pulpa sangrienta por el fuego cruzado, mientras que Batman se vio obligado a maniobrar en el aire para esquivar las ráfagas, saltando de una pasarela colgante a otra al tiempo que arrojaba varios batarangs contra él.

—¡Bienvenido, Batsy! —gritó el Joker entre carcajadas. Soltó la ametralladora ya sin munición y empuñó una pesada palanca de metal, la misma con la que había masacrado a Jason Todd años atrás—. Hoy el espectáculo es especial: voy a liberar a esta maloliente ciudad de las cadenas que la atan.

—Ríndete, Joker —gruñó Batman. Descendió de la pasarela desplegando su capa como una sombra enorme y aterrizó pesadamente a pocos metros del demente—. No lo hagas más difícil.

—Venga... no seas aburrido... —se rio el Joker, golpeando la válvula del depósito detrás de él y dejando salir el gas con la neurotoxina—. La noche es joven y solo acaba de empezar.

El gas salió con un siseo serpentino, expandiéndose por el almacén a toda velocidad. El Joker aspiró profundamente, olía a victoria y a legado, mientras escuchaba los gritos de sus secuaces al ser afectados por el gas. Batman había aspirado un poco del gas antes de ponerse un respirador con filtro, pero eso no importaba porque la neurotoxina haría su efecto aunque tardara más. Los secuaces se arrancaron las máscaras de payaso en un intento por respirar; risas dementes salían de sus labios extendidos en sonrisas imposibles, sus ojos inyectados en sangre miraron al Caballero Oscuro con ansia asesina. Un instante después se lanzaron contra Batman con abandono asesino, riendo a carcajadas, mientras la neurotoxina cambiaba totalmente la química de su cerebro. El Joker observó la escena con deleite, todos se estaban transformando en seres como él: asesinos dementes de piel pálida sedientos de causar estragos. Batman se puso sus nudilleros eléctricos y golpeaba con ellos a la marea de dementes que lo rodeaba.

—¿Te gusta mi legado para Gotham, Batsy? —el Joker lo dijo riéndose y aspirando el gas, que parecía no afectarle. Sus movimientos eran teatrales y exagerados, agitaba la palanca como si fuera un maestro de orquesta dirigiendo un recital—. Verás, me muero, mi viejo enemigo... Los productos químicos donde me lanzaste hace tantos años han pasado factura. Por eso voy a dejar mi huella en esta miserable ciudad, para jamás ser olvidado.

—Eres... un demente... jajaja —una risa extraña salió del respirador de Batman, indicando que la neurotoxina también lo estaba afectando y cambiando, aunque más lentamente—. Te detendré...

—Esa risa es música para mis cansados oídos, Batsy —el Joker se rio y tiró la palanca al suelo, para sacar dos objetos de su traje y alzarlos con cada mano, sin dejar de ver cómo peleaba de forma más brutal su enemigo—. En mi mano derecha está la cura a la neurotoxina, en mi izquierda un detonador que hará explotar diferentes depósitos con el gas, afectando a toda Gotham. Ven y haz tu elección, si aún puedes.

Batman rugió como una bestia furibunda, derribando de forma brutal a los secuaces dementes, sin miramientos o contención alguna. El Joker observó la escena fascinado, viendo cómo poco a poco el control de su enemigo se iba erosionando y dejando salir su lado más cruel, demente y egoísta. El Caballero Oscuro derribó al último secuaz y siguió golpeándolo pese a estar inconsciente, sus manos estaban totalmente manchadas de sangre y una risa demente salía distorsionada por el respirador. El Joker vio cómo se apartó del secuaz y se lanzó a la carrera hacia él; sin miedo alguno extendió sus manos hacia delante, mostrando las dos opciones con una sonrisa despiadada y tosiendo levemente. Batman se detuvo en seco y se quedó mirando ambas manos del Joker, su cuerpo temblaba de forma incontrolable: una parte de su mente le rogaba que tomara el suero, mientras que los resquicios del héroe que era le decían que tomara el detonador. El Joker saboreó el momento, la tensión en la mente rota y en cambio de Batman era el más dulce manjar, un momento de victoria absoluta.

Pero Batman, en vez de escoger, le dio un cabezazo al Joker haciéndole retroceder a trompicones, mientras la sangre salía como una cascada de su nariz rota y soltaba ambos objetos al suelo. Un puñetazo tras otro golpearon al Joker, arrojándolo al suelo confuso y mirando sorprendido a Batman, que en vez de recoger el frasco o el detonador, agarró la palanca y, con una risa cruel, la alzó con ambas manos. Batman descargó un golpe brutal con la palanca contra las piernas del Joker; un grito de dolor salió de la garganta de su enemigo que se mezcló con el crujido de los huesos rotos. Por fin estaba dando rienda suelta a sus sentimientos: ira, venganza y odio contra el Joker por asesinar a Jason Todd por diversión. La palanca subía y bajaba de forma inclemente, rompiendo de forma metódica cada hueso de las extremidades del Joker; aquella paliza no era para matar, era para hacerlo sufrir. Batman soltó la palanca y observó su obra: el cuerpo de aquel payaso demente estaba destrozado pero vivo, una risa de cruel satisfacción salió del respirador, mientras se agachó y recogió tanto el suero como el detonador.

—He ganado... jajaja, tengo todo y tú no tienes nada... —las palabras salieron estridentes del respirador de Batman, mientras sus manos juguetearon con ambos objetos—. No eres nada... y nadie te recordará, payaso.

—Oh, pero yo he ganado... Batsy —las palabras salieron arrastradas de los labios del Joker, presa del dolor de tener decenas de huesos rotos—. ¿Ahora qué harás? ¿Te salvarás? ¿O salvarás a Gotham?

Batman miró ambos objetos y una risa demente salió de su garganta, arrojando el vial con el suero al suelo y pisándolo con su bota, a la vez que pulsó el detonador. Las explosiones sacudieron todo Gotham, una sonrisa de cruel victoria apareció en el manchado rostro del Joker. Batman tiró el detonador usado y saltó sobre su enemigo caído; sentándose a horcajadas sobre el pecho del Joker, activó los nudilleros eléctricos y empezó a golpear de forma indiscriminada la cabeza de su víctima. Cada golpe resonó en el almacén, el Joker sentía cómo cada golpe lo estaba matando y le pareció bien: era mejor morir a manos de su némesis que en una cama tosiendo sangre y apagándose en una muerte sin sentido.

Batman se levantó y miró la masa destrozada de carne que era la cabeza del Joker, sus manos estaban manchadas de sangre fresca, restos de materia gris y pequeños fragmentos de hueso. Se arrancó el respirador de un tirón brutal, dejando a la vista una sonrisa distendida y una piel blanca como el alabastro. 

​—Yo soy el Apóstol de la Risa —rugió Batman, extendiendo sus manos hacia el techo del almacén y viendo cómo el resto de secuaces infectados se arrodillaban ante él—. Una nueva era comienza: salid y extended el evangelio de la Risa.

El Joker había sido un visionario, pero limitado en sus acciones, pensó la nueva retorcida mente de Batman, pues con los recursos que tenía como Bruce Wayne, podía extender la verdad de la Risa no solo a una ciudad, sino a todo el mundo. No habría límites, sería un orden en el caos y él era el nuevo apóstol de la Risa y quien reinaría en aquel mundo demente. Salió del almacén y sintió el aire frío; el sonido intenso de las sirenas de policía, los gritos de terror, las risas maníacas y los ruidos de disparos sonaron como una nueva sinfonía. Un nuevo comienzo para Gotham y para él había empezado y pronto todos serían como los elegidos por la Risa.


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