La cacería

 El olor a sangre seca, sudor rancio y quemado se mezclaba con la desesperación, los gemidos y lloros resonaban en las celdas de aquella mazmorra. Más de trescientas personas se hacinaban como ganado listo para ser llevados al matadero, niños que lloraban, mujeres de mirada silenciosa, ancianos que temblaban como hojas y hombres heridos que gemían de dolor. Todos eran supervivientes del pueblo de Goras, que había sido atacado hacía tres días. Laia había ayudado a los que había podido, la joven de piel bronceada, pelo largo rubio y ojos azules, había entendido a los heridos, pese al frío que sentía al estar en camisón. Recordaba el ataque en plena noche, las campanas de alarma, el olor a quemado, las silenciosas forma acorazadas de los atacantes y su olor a hierbas especiadas, mientras la escena era observaba con deleite por sus señores pálidos sobre enormes corceles de guerra de piel negra como el carbón. 

Los pasos acorazados la sacaron de sus recuerdos y se acercó como todos a los barrotes a observar. Una figura acorazada en una armadura lacada en un rojo sangriento con adornos en oro y filigranas de hueso se detuvo en el centro de aquella mazmorra. Si rostro era de una belleza heladora, pálido como un muerto, su pelo era negro como una noche sin estrellas y sus ojos eran de un verde frío como el hielo. Laila tembló al ver la sonrisa cruel en los labios de aquel caballero, que mostraba unos colmillos afilados de manera antinatural, una palabra se abrió en su mente: vampiro. 

-Espero que os gusten vuestros aposentos, mis queridos invitados. Soy Levin Garak, señor de la ciudad de Navater -la voz de Levin resonó por toda la mazmorra, algo en su entonación hizo acallar a todas las voces de los prisioneros en las celdas. Sonrío nuevamente de forma cruel antes de continuar con su discurso. -Habéis tenido el honor de ser seleccionados para una cacería, un juego de supervivencia... si sobrevivís durante veinticuatro horas sin ser capturados… seréis libres y os daré un premio.

-¿Cumplirás esas palabras vampiro? -la pregunto de Laila hizo contener la respiración de miedo a todos los prisioneros, temiendo la ira del vampiro.-Pues nosotros somos tus prisioneros y puede ser solo una mentira para darnos esperanzas...

-Cumpliré mi promesa, niña -Levin asintió levemente, estudiando a Laia con determinación y sonriendo al ver la determinación en la mirada de la muchacha. -Sobrevive, escapa de Navater o escóndete en sus calles, si pasadas veinticuatro horas no te hemos capturado... podrás marchar sin temor a represalias por los míos y por mí mismo. Esta noche, cuándo suenen las campanas que marcan la medianoche, empezará la cacería. Buena suerte a todos...

Laila lo vio marchar en silencio, como si fuera una sombra cruel que no dejaba rastro detrás de él. A su alrededor podía escuchar los murmullos, esperanza de escapar y planes de como sobrevivir a aquel juego de cacería humana. Negó con la cabeza, sabía que estaban demasiado eufóricos, que no pensaban con claridad, no le importó eso, lo que ella debía hacer ahora era descansa. Se acurrucó en una esquina de la celda e intentó dormir, debía conservar sus fuerzas para escapar y usar los conocimientos que le había enseñado su padre como cazador para sobrevivir. Los silenciosos guardias entraron en tropel en la mazmorra, sus movimientos eran espasmódicos y olían a sepultura, sacaron uno a uno a los prisioneros de las celdas y les colocaron un pesado collar de hierro negro con un número grabado en su superficie. Laila sintió el frío roce del metal cuándo le colocaron su collar y la manos huesudas que lo cerraron, para luego ser empujada a salir de la mazmorra al un frío patio interior. La luna brillaba de forma extraña en un cielo sin estrellas, como si fuera un ojo maligno que los observaba, fueron reunidos como ganado en el patio interior del castillo, mientras la hora señalada se acercaba. Levin los observó desde el balcón principal y sonrío, abrió sus brazos y se dispuso a hablar.

-Las campanas están a punto de sonar y la cacería empezará, aun así seré magnánimo y os daré una hora de ventaja antes que mi corte salga a cazaros -Levin apoyó en la barandilla de fría piedra del balcón y sonrío con suficiencia. -Dentro de veinticuatro horas aquellos que no hayáis sido capturados, seréis libres y los collares que os marcan como presas se abrirán. ¡Marchad! ¡Corred o esconderos! ¡Conseguid vuestra libertad!

Las campanas resonaron por toda la ciudad de Navater, marcando el inicio de la cacería humana. El rastrillo del castillo se alzó y por él salieron en tropel los prisioneros corriendo, sin mirar atrás, empujándose unos a otros en busca de escapar y conseguir sobrevivir el tiempo necesario para conseguir su ansiada libertad. Laila sabía lo que tenía que hacer, primero encontrar algo de ropa y luego alejarse lo más posible, esconderse en la ciudad era un suicidio, pues seguramente lo primero que harían sus perseguidores es registrar cada rincón de la ciudad palmo a palmo. Sin dudar registró en los callejones llenos de basura, encontrando unos pantalones remendados, unas botas cuarteadas y un camisote roído, tras cambiarse, se puso en marcha. Avanzó entre las sombras de los callejones y callejuelas secundarias, siempre evitando las calles principales y plazas. Debía salir de aquella ciudad lo antes posible, el tiempo corría en su contra y la hora se agotaba con rapidez.

Las murallas de la ciudad se alzaban imponentes, las puertas estaban abiertas de par en par de forma invitadora a salir por ellas. La mirada de Laila observó en silencio y vio en las almenas a las inmóviles figuras acorazadas de los soldados esqueleto, vigilando la ruta de escape de aquellos que salían de las puertas como gárgolas silenciosas. Sabía que cruzar las puertas era poner bajo su pista a todos los vampiros que cazaran en el exterior de la ciudad, miró a su alrededor y lo vio, la solución a su problema de salir de la ciudad. Se agachó y agarró la tapa metálica de las cloacas de la ciudad, al apartarla, una bocanada de aire fétido salió de la boca de la alcantarilla y la hizo toser. Sin dudarlo se arrojó dentro, cayendo en las aguas residuales y flotando en ellas, entre los restos de basura y mierda que flotaban en aquel apestoso caldo en la oscuridad. Laia sentía náuseas por aquel penetrante hedor, mientras era llevada por la corriente fuera de la ciudad y arrojada con las aguas fecales al río cercano.

Habían pasado varias horas y Laila se había alejado del río, internándose en el bosque, la ciudad de Navater aún era visible en la lejanía, calculaba que había recorrido más distancia de lo que podía hacer un humano a pie. Su estómago gruñó, el hambre azotaba sus entrañas, suspiró y miró a su alrededor en el bosque nevado, viendo pequeños arbustos medio congelados con bayas silvestres. Las recogió con rapidez y se las llevo a la boca, notando que estaban medio congeladas, pese a ello, las mantuvo girando en su boca hasta que se puso comérselas. Alzó la mirada al cielo, empezaba a atardecer y debía continuar, no podía detenerse, solo seguir avanzando. Un ruido llamó su atención y alzó la mirada, allí sobre las ramas de un árbol lo vio, una figura vestida con ropas de cuero flexible y una capucha echada sobre su cabeza, dejando a la vista parte del pálido rostro y su sonrisa con colmillos. En ese momento lo supo, la habían encontrado, desesperada echó a correr aterrada, mientras escuchaba como el vampiro saltaba de rama en rama con la agilidad de una ardilla.

Laila corría en zigzag entre los árboles y arbustos, intentando romper la linea de visión de su perseguidor y poder encontrar una forma de escapar. Pero en su desesperada huida, tropezó con una raíz de árbol que sobresalía de la tierra y que estaba medio oculta por la nieve, rodó por el blancuzco suelo y quedó tirada en el suelo jadeando. Su corazón retumbaba en sus oídos, podía oír los ligeros pasos de su perseguidor por la nieve, intentó levantarse, pero unas manos enguantadas la agarraron de los brazos y la giraron, quedando cara a cara con el vampiro. Un gemido de dolor y medio salió de sus labios, sus ojos azules reconocieron a su perseguidor, el señor de Navater, Levin Garak.

-Has hecho un buen trabajo, niña -los ojos de Levin se clavaron en los de Laila, saboreando su miedo y también su negativa a acabar allí siendo devorada.-Eres la que más lejos ha llegado jamás y la última presa viva de esta cacería. ¿Vas a pedir clemencia? ¿Suplicar por ti vida?

-Suéltame sanguijuela...-gruñó Laila desesperada y frenética, pateando sin parar el cuerpo de Levin con sus botas llenas de mierda seca.-Eres un cobarde, no te tengo miedo...

-Y aun así tu tiembla la voz, pequeña -la voz de Levin fue un susurro en el oído derecho de Laila.-Pero tu pequeño desafío termina aquí, es hora que reclame mi premio y te dé el tuyo.

Levin clavó sus colmillos sin piedad en el cuello de Laila, bebiendo con ansia la sangre de la muchacha sin soltar su presa de ella. Una náusea y una descarga de dolor eléctrico recorrió su cuerpo, sus fuerzas se evaporaban cada segundo que pasaba y sus párpados se sentían pesados. Tembló pensando que era su fin, mientras la oscuridad parecía tragarla. Entonces sucedió, un sabor metálico y salado en su boca, abrió los ojos y la sorpresa la turbó, al ver a Levin besar sus labios y obligándola a beber su sangre, antes de perder del todo el conocimiento. Con delicadeza, Levin la tumbó sobre el suelo y sonrío con el pálido rostro manchado de sangre, su mano derecha enguantada acarició el rostro de la inconsciente Laia con delicadeza.

-Tú has sido la última superviviente de esta cacería, no has suplicado y tampoco rendido...-la voz de Levin sonó suave y afectuosa, cargada de orgullo casi paternal.-Por eso mereces el premio de la inmortalidad, ya no eres ganado y presa, ahora serás una cazadora, mi niña.

Levin la envolvió en su capa y la cogió en brazos como si fuera tan ligera como una pluma, volviendo en dirección a Navater. Sabía que Laila pronto despertaría sedienta de sangre y la daría un banquete con el que deleitarse, dejando atrás la poca humanidad que quedará en ella y transformándose totalmente en una de las gobernantes de la noche eterna.

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