Star Wars: Malevolencia

 

La lluvia caía pesadamente sobre las naves espaciales arrojadas sobre la superficie del mundo de Argonis; a cualquiera que hubiera mirado desde la órbita o desde un caza TIE, le habrían parecido grandes cetáceos varados. Aquel planeta había cambiado desde que terminaron las guerras clon hacía dos años. Argonis fue castigado por haberse unido al bando separatista, transformado en un cementerio de naves y su población hecha esclava, obligada a saquear los pecios y desguazarlos para el recién nacido Imperio. Nils Vndess recordaba perfectamente la llegada de los imperiales; a pesar de tener solo quince años, lo había vivido en primera persona. Su padre había sido el comandante del destacamento separatista de Argonis y él mismo había alcanzado a recibir instrucción como cadete a oficial. El Imperio había sido inclemente: lo había fusilado junto con el resto de oficiales y los había colgado en las plazas como ejemplo. Luego llegaron las naves, cayendo como meteoros contra el planeta, formando una capa de metal y chatarra que no dejaba ver la tierra. Los pueblos y ciudades habían sido vaciados para ser finalmente aplastados por los restos espaciales; solo la capital había permanecido intacta, transformada en una prisión de gente hacinada.

​Nils suspiró y se recolocó la capucha de su chubasquero de trabajo, evitando que su pelo rubio ceniciento se mojara, y miró el leviatán de metal que tenía ante él: una nave capital separatista intacta. Sabía que era una mina de oro; los equipos de inspección encabezados por esclavos bajo la atenta mirada de los soldados de asalto imperial aún no habían llegado a ella. Se acercó con cuidado, sus botas chapoteando incesantemente en los charcos de agua sucia, hasta quedarse frente al panel de control de una esclusa de acceso. Sus manos enguantadas acariciaron las teclas del panel con delicadeza. Cerró sus ojos azules y respiró profundamente mientras recordaba los viejos códigos de acceso que consiguió memorizar de los archivos de su padre. Introdujo con cuidado el código numérico. Al principio solo se escuchaba el tamborileo de la lluvia contra el metal, pero un instante después un siseo hidráulico se hizo audible y la esclusa se abrió, mostrando una sala de descontaminación vacía y oscura.

​Sacó de su cinturón una linterna y la encendió, entrando en la sala de descontaminación en silencio y pulsando el botón de cierre de seguridad del panel interior. Nubes de polvo se alzaban a cada paso que daba. El olor a rancio y cerrado le hizo fruncir la nariz y sentir una pequeña arcada. La puerta interior de la sala de descontaminación estaba abierta; sin dudarlo, Nils la cruzó y se internó en el oscuro pasillo. El haz de luz barría la oscuridad, mostrando las marcas de bláster en las paredes metálicas y restos de droides B-1 desparramados por el suelo. Se arrodilló y recogió un viejo rifle bláster. Se sentía pesado y sucio mientras revisaba las células de energía de aquella vieja arma. La célula parpadeaba con una luz amarilla; significaba que tenía media carga, lo suficiente para una docena de disparos si las cosas se ponían feas en aquel pecio olvidado. Se la echó al hombro y siguió avanzando. Las salas a su alrededor estaban vacías, salvo por restos de diferentes droides de guerra separatistas y cadáveres de soldados clon momificados. Su objetivo estaba claro: encontrar una sala de ingeniería con un terminal operativo y comprobar el estado de aquella nave, el manifiesto de carga y los cuartos de oficiales.

​Tras una hora vagando en la oscuridad, entre chatarra y muertos, encontró la sala de ingeniería. Droides a medio reparar yacían tirados sobre mesas de trabajo; brazos y piernas mecánicas de repuesto colgaban de las paredes envueltas en plástico verde polvoriento, dando al lugar un aspecto extraño, casi fantasmal. Al fondo de la sala los vio: varios terminales con las pantallas apagadas y sucias, reluciendo de forma extraña bajo la luz de la linterna.

​—Veamos... si hay suerte... —Nils tocó las teclas del terminal más cercano, pero este no respondió—. Este está muerto...

​Soltando un leve suspiro, avanzó al siguiente; negó con la cabeza al ver la pantalla reventada y medio quemada por algún disparo perdido. Se acercó al tercer y último terminal y pasó los dedos por el teclado. Durante un segundo eterno la pantalla permaneció negra, para luego iluminarse con una pequeña línea vertical parpadeante. Nils sonrió e introdujo el código de reinicio; un instante después, la pantalla cobró vida mostrando diferentes menús con letras de color verde fosforescente. Sacó de un bolsillo un pequeño datapad y lo conectó al puerto de entrada del terminal, comenzando la transferencia de los mapas estructurales de la nave. Al leer en la pantalla el nombre de la nave, se le heló la sangre: aquel pecio era el Malevolencia, la nave insignia del propio Conde Dooku.

​—Joder... joder... —susurró Nils, emocionado, sabiendo que podría haber un botín incalculable oculto en aquel gigante de metal—. La nave del Conde Dooku... Si los jedi no saquearon sus aposentos, puede haber grandes tesoros.

​Nils tecleó con cuidado los comandos de activación de los generadores de emergencia de la nave; un instante después, las luces de la línea auxiliar del interior del Malevolencia se encendieron. Con cautela, desconectó el datapad y se alejó del terminal. Sus objetivos actuales habían cambiado: debía registrar el camarote del Conde Dooku y después intentar hacer despegar la nave.

​Salió de la sala de ingeniería y caminó bajo la mortecina luz de emergencia hacia el ascensor más cercano. El ascenso a la planta central, donde se encontraban los camarotes y el puente de mando, fue lento y tenso; la cabina vibraba como una bestia furiosa y crujía sin parar, como si amenazara con romperse y caer para estrellarse contra los niveles inferiores. El hedor a muerte y óxido recibió a Nils al llegar a su destino. Al salir del ascensor pudo ver que las señales de batalla eran mucho más pronunciadas: los cuerpos de los clones, resecos dentro de sus armaduras, se mezclaban con droides B-1, superdroides B-2 y droidekas destrozados. Cada paso hacía crujir las placas metálicas del suelo, ennegrecidas por los viejos impactos de bláster.

​El silencio fúnebre fue roto súbitamente por el arrastrar de pies mecánicos. De entre las sombras surgieron una docena de droides B-1, liderados por un droide magnaguardia que se apoyaba en su pica de fuerza. El manto que cubría su espalda y su hombro derecho colgaba como un sudario funerario, y las profundas marcas de sable de luz en su fuselaje hablaban de una lucha encarnizada contra los jedi. A Nils se le secó la boca; sabía que no podría contra todos, el rifle bláster apenas derribaría a unos pocos antes de quedar inerte. Sin dudarlo, arrojó el rifle al suelo y alzó las manos mientras intentaba recordar su instrucción como cadete de oficial separatista.

​—Oficial cadete Nils Vndess —Nils cerró los ojos y se concentró, sabiendo que si se equivocaba estaba muerto—. Número de registro X790R89. Solicito tomar el mando del destacamento como oficial de mayor rango actualmente a bordo del Malevolencia.

​El silencio de las máquinas se hizo eterno. Por un segundo, el terror de que aquellos droides estuvieran tan dañados que hubieran olvidado los protocolos de mando recorrió el cuerpo del joven. Pensó que iba a morir allí mismo. Sin embargo, los B-1 formaron al unísono y saludaron, respondiendo con su clásico tono metálico: "Roger, Roger". El magnaguardia, por su parte, hizo una leve e imponente reverencia. Un suspiro de alivio profundo escapó de los labios de Nils, mientras sentía que las piernas le temblaban de forma involuntaria.

​—Escoltadme hasta el camarote del capitán —ordenó recogiendo su arma del suelo y echándose a andar por el pasillo, ahora protegido por su vieja guardia mecánica—. Informe del estado de la nave y de las fuerzas disponibles.

​—La nave está dañada, pero es operativa, señor —respondió un droide B-1 con marcas de pintura azul en la cabeza y el pecho que lo identificaban como un droide de mando inferior—. El estado total de las fuerzas del Malevolencia es... desconocido.

​—Dime tu número de serie y designación —pidió Nils con suavidad, observando los camarotes olvidados al pasar—. Y evalúa la posibilidad de hacer volar el Malevolencia.

​—Soy el droide de mando B-1, número de serie R4X —se presentó la máquina, haciendo un rígido saludo militar con la mano que no sujetaba su rifle bláster—. El Malevolencia tiene unas probabilidades de despegue del cincuenta y siete coma ocho por ciento, señor.

​Los droides B-1 se detuvieron ante las puertas de un camarote, como si hubiera una barrera invisible que no pudieran cruzar. Nils observó el tallado de las puertas; tenían extrañas espirales que podían hacer que cualquiera se perdiera en su geometría. Sin dudarlo, tecleó su código de oficial cadete y las hojas de metal sisearon al abrirse, dejando ver el interior. Los muebles caros habían sido derribados, la cama estaba deshecha y el colchón aparecía rajado; los jedi o los soldados clon habían registrado los aposentos de manera desesperada. Nils sacó su datapad y examinó la estructura del Malevolencia mientras avanzaba esquivando los destrozos, seguido de cerca por R4X y el magnaguardia.

​—Tiene que estar por aquí... —susurró Nils, tocando la pared metálica del fondo sin despegar los ojos de la pantalla—. Vamos... vamos...

​Su mano encontró una pequeña hendidura en el metal y metió con cuidado los dedos, dejando al descubierto un pequeño panel con un teclado numérico. Nils suspiró al mirarlo; sabía que contenía cientos de combinaciones y que podría tardar días o semanas en probarlas todas por su cuenta. Se giró hacia el magnaguardia y señaló el dispositivo con el dedo, dándole la orden silenciosa de abrir aquella cámara oculta, sabiendo que si era un guardaespaldas de Dooku debía tener el código de acceso. El droide avanzó con paso impasible y alargó su mano izquierda, tecleando una secuencia numérica a una velocidad sorprendente. Un panel de la pared se deslizó hacia un lado, mostrando la entrada a una pequeña sala de meditación oculta, iluminada por una extraña y tenue luz rojiza.

​Nils entró despacio al interior de la sala; la esterilla crujió bajo sus pies, alzando pequeñas nubes de polvo. Estanterías llenas de objetos cubrían las paredes, dándole al lugar el aspecto de un antiguo museo. Al fondo de la estancia había un comunicador holográfico y un pequeño banco de trabajo sobre el que descansaba un sable de luz de empuñadura curva. Nils avanzó hacia él; era como si aquella vieja arma lo llamara de forma inconsciente. Su mano se detuvo a pocos centímetros del metal. De pronto, sintió que todo su cuerpo se tensaba y quedaba completamente inmóvil, como si una fuerza invisible lo sujetara y lo obligara a girar sobre sí mismo. Sus ojos se abrieron aterrados al ver la figura espectral que flotaba ante él. Lo reconoció de inmediato por las imágenes de los informes imperiales: era el propio Conde Dooku.

​—Pequeña rata... —dijo Dooku, flotando ante Nils mientras lo miraba con un desprecio absoluto pintado en su anciano y severo rostro—. Dame una razón para no matarte, saqueador.

​—No... soy... un... saqueador... —gruñó Nils mientras era alzado por aquel espectro de la Fuerza, sintiendo cómo empezaba a asfixiarse—. Soy un superviviente... de la debacle de los separatistas... Mi padre era el comandante Vndess...

​—Alexei Vndess... Lo recuerdo... —respondió la aparición de Dooku, aflojando su agarre invisible y dejando que Nils cayera de rodillas sobre la polvorienta esterilla—. ¿Qué buscas en este cementerio de metal, chico?

​—Sobrevivir... y venganza... —respondió Nils, jadeando mientras miraba aterrado al espectro—. Ayúdame a vengarme del Imperio y del emperador Palpatine.

​—Sí... Siento tu odio y tu sed de venganza —Dooku frunció el ceño al escuchar el nombre verdadero de su antiguo maestro—. Te ayudaré a vengarte y a destruir este Imperio. Seré tu maestro... y tú, mi aprendiz...

​Antes de que Nils pudiera responder, Dooku se introdujo por la fuerza en la mente del chico, obligándolo a abrirse a la Fuerza. Un grito de dolor desgarrador escapó de la boca de Nils cuando sintió la galaxia entera: los ecos de terror, el miedo y el sufrimiento de miles de mundos que estaban siendo aplastados por el puño de hierro imperial. Sus piernas flaquearon del todo y sus rodillas se clavaron en la esterilla; su respiración se volvió errática ante el océano de sensaciones, poder y agonía que lo abrumaba.

​—Has dado tu primer paso en la Fuerza y en el Lado Oscuro... —sentenció Dooku, señalando con la mano el sable de luz curvo que descansaba en el banco de trabajo—. Ahora eres mi mano ejecutora y mi aprendiz. Toma ese sable de luz y saca esta nave de este mundo agonizante.

​—Sí, maestro —asintió Nils. Tomó con delicadeza la empuñadura curva del sable de luz, lo colgó de su cinturón y se puso en pie—. Se hará tu voluntad. Sacaré esta nave de este basurero.

​Nils salió de la sala secreta y avanzó con paso decidido por los pasillos hacia el puente de mando, seguido muy de cerca por R4X y la silueta del magnaguardia. El puente era un caos absoluto de escombros y droides destrozados. Sin dudarlo un segundo, Nils apartó el chasis inerte de un droide táctico del asiento del capitán y ocupó su lugar. Inmediatamente, dio la orden de arrancar a los droides B-1 supervivientes que ocupaban las consolas. La nave entera vibró, como una descomunal bestia prehistórica que despierta de una larga hibernación, cuando los colosales propulsores rugieron en las profundidades del pecio. Nils observó a través de los amplios ventanales cómo la mole metálica comenzaba a elevarse, rompiendo la densa capa de nubes de Argonis. Casi al instante, varias patrullas de cazas TIE salieron a su encuentro desde las estaciones orbitales.

​—Activad los sistemas de armas. Borrad a esos cazas de nuestro camino, R4X —gruñó Nils, sintiendo la pesada sombra del magnaguardia a su espalda, protegiendo el trono de mando en un silencio absoluto—. Quiero salir ya de este mundo. Poned rumbo directo al vector de salto hiperespacial.

​R4X transmitió las órdenes a través de la frecuencia interna y la potencia de los motores se duplicó. Las torretas turboláser del flanco superior comenzaron a disparar de manera inclemente contra los veloces cazas TIE, interceptándolos en el aire y despejando la trayectoria del Malevolencia. En pocos minutos, dejaron atrás la atmósfera y el paisaje cubierto de chatarra de Argonis quedó reducido a una esfera distante. La nave aceleraba a toda velocidad hacia las coordenadas seguras. Nils se recostó en el trono y miró el vacío cósmico a través del cristal blindado del puente de mando; el mar de estrellas se abría ante ellos con una promesa de libertad y venganza apenas susurrada. Sabía perfectamente que acababa de adentrarse en un camino oscuro, tortuoso y terrible, pero no le importaba lo más mínimo si ese era el precio para hacer pagar al Imperio. Su mano derecha descendió para acariciar la empuñadura curva de su nuevo sable de luz mientras una sonrisa fría y calculadora dibujaba sus labios. Tenía un crucero de guerra, un ejército de droides que reconstruir y un maestro espectral guiando sus pasos. Esto era solo el principio.

​—Rumbo al Borde Exterior, directos hacia el límite con las Regiones Desconocidas —ordenó Nils con una mueca cruel en el rostro, consciente de que cuanto más se alejaran del Núcleo Galáctico, más espacio tendrían para maniobrar sin ser detectados—. Nos esconderemos allí. Creceremos en las sombras y nos convertiremos en una pesadilla para el Imperio antes de aplastarlo por completo.

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