Un parpadeo. Para Argas Goren, eso había sido todo el tránsito entre morir y volver a la vida. Había estado muerto, y no solo una vez, sino más de ciento cincuenta veces.
Comprobó el estado de su servoarmadura por pura inercia. Sus dedos acariciaron el emblema de los Devoradores de Mundos en su hombrera izquierda, recordando un tiempo anterior a la Herejía de Horus, cuando todavía luchaba por la humanidad. De golpe, el sonido de los cuernos de batalla se mezcló con el rugir de los mastines de Khorne; el olor a sangre seca y hueso molido se fundió con el hedor de la pólvora y la cordita. Las lentes de su casco se fijaron en la enorme llanura de arenas rojizas. Sabía perfectamente cuál era aquel sitio; no necesitaba mirar al cielo cambiante para comprender que se encontraba en el interior de la Disformidad, más concretamente en las Llanuras de Hueso. Khorne se deleitaba con la batalla eterna de aquel territorio maldito: todos los que caían en combate volvían a alzarse al día siguiente, intactos, listos para volver a matarse. No importaba si eran humanos, Astartes, demonios o xenos; todos eran bendecidos por el Dios de la Sangre con la resurrección infinita.
Pese a la futilidad de la condena, nuevos guerreros de Khorne se unían diariamente a la matanza. Se enfrentaban a una horda de pieles verdes que crecía día tras día al ser resucitada, engrosada por los nuevos xenos que brotaban incesantemente de las esporas. A lo lejos, Argas vislumbró una colosal cortina de polvo que se alzaba varios metros de altura, avanzando a toda velocidad. En su base, centenares de camiones toscos aceleraban cargados de rugientes orkos; los motoristas competían contra bólidos de guerra tuneados de forma ridícula, y los enormes Dreadnoughts Orkos se movían flanqueando a las moles de los Pizoteadores y los Garrapatos Mamut.
Un rugido unánime brotó de las gargantas de los guerreros de Khorne que lo rodeaban. Los mastines demoníacos de piel escamosa y los desangradores montados en Juggernauts se lanzaron al encuentro de la marea verde. Sin dudarlo, Argas se encaramó al chasis de un transporte Rhino en marcha mientras observaba a los Aplastadores de Almas y los Profanadores abrir fuego, disparando salvas de artillería demoníaca mientras avanzaban como colosales arañas blindadas. El medidor de distancia descendía rápidamente en las lentes del casco de Argas, al mismo tiempo que sentía cómo los Clavos del Carnicero empezaban a espolear su cerebro, exigiéndole llegar ya al cuerpo a cuerpo y derramar sangre. Apretó los dientes y saltó del Rhino para rodar sobre la arena rojiza, poniéndose de un salto en pie unos instantes antes de que el transporte explotase por el impacto de fuego directo de un Pizoteador Orko.
—Esta vez sobreviviré y saldré de este maldito lugar —gruñó Argas, escupiendo un chorro de flema negra por la rejilla de voz de su casco, al tiempo que aferraba su hacha sierra a dos manos y se lanzaba a la carga—. ¡Sangre y cráneos! ¡Por Angron! ¡Por la Decimosegunda!
Los dos bandos chocaron con la violencia de dos trenes a gran velocidad. Cuerpos de orkos, demonios, cultistas y Astartes salieron despedidos por los aires en una orgía instantánea de muerte y destrucción. Argas decapitó a un piel verde de un solo tajo ascendente y reventó de un puñetazo el esternón de otro. A su alrededor, la marea de la batalla era un estímulo eléctrico: el choque del metal, los disparos a bocajarro, los girtos de guerra y la agonía pura aceleraban sus dos corazones a un ritmo frenético.
Una ráfaga de disparos pesados impactó de lleno en su hombrera derecha, mellando la ceramita. Sin necesidad de girarse, Argas desenfundó su pistola bólter de la cartuchera y disparó una sola vez hacia atrás; el proyectil autopropulsado reventó la cabeza del tirador orko en una nube de sesos y metal. Pronto, el avance de la carga se ralentizó. El suelo, empapado por una mezcla densa de sangre verde, roja e icor purulento, transformó la llanura en un lodazal impracticable. Los vehículos de ambos bandos encallaron en el fango biológico, quedando varados como ballenas mecánicas en una playa de pesadilla. Sin dudar, saltó sobre el chasis de un Dreadnought orko destruido, usándolo como terreno elevado para lanzar golpes descendentes sobre la masa de pieles verdes que lo rodeaba como un matarife enfurecido.
Varios Devoradores de Mundos que aún no estaban completamente perdidos en la demencia sangrienta de los Clavos del Carnicero imitaron su maniobra, mientras la refriega se volvía cada vez más visceral y salvaje. Argas se mordió los pómulos por el interior, saboreando el fluido salado de su propia sangre en un intento desesperado por calmar el aguijón de dolor constante y mantenerse centrado en sobrevivir. Solo una persona había escapado jamás de aquel matadero eterno: Khârn. El guerrero conocido en toda la legión como el Traidor había necesitado un solo día para quebrar las reglas de aquel miserable lugar, erigiéndose como el último ser vivo sobre un océano de cuerpos rotos. A través de la adrenalina que corría por sus venas, Argas sabía que había una salida a ese bucle; si Khârn lo había logrado, él también podría hacerlo.
La masa de guerreros orkos empezó a trepar en oleadas por las máquinas caídas, buscando derribar a los legionarios y al propio Argas bajo el puro peso de los números.
—¡Abajo, cerdos! —rugió Argas, reventando la cabeza del primer orko que consiguió llegar hasta su posición de un pisotón, sin dejar de cercenar las manos que intentaban asirlo y esquivando las mandíbulas que buscaban morderle las piernas—. ¡No sois guerreros! ¡Solo bestias a las que sacrificar!
El estruendo de cascos pesados retumbó con fuerza. Varios grupos de desangradores montados en Juggernauts irrumpieron en la zona, aplastando a enemigos y aliados por igual bajo los masivos cuerpos acorazados de sus monturas, al tiempo que lanzaban tajos ciegos con sus espadas demoníacas. Una sonrisa maníaca se dibujó en el rostro de Argas al verlo. Sin pensérselo, se impulsó sobre el metal del Dreadnought y saltó con los brazos abiertos hacia el jinete demoníaco más cercano; lo empujó limpiamente al suelo y se aferró con ambas manos a la pesada argolla de metal del collar de bronce del Juggernaut, soltando su hacha sierra en el proceso. La bestia cibernética se encabritó violentamente y aceleró hacia el frente, tratando por todos los medios de sacudirse al Astartes polizón que colgaba con saña de uno de sus flancos acorazados.
Un gruñido de esfuerzo puro escapó de la garganta de Argas al apoyar sus botas magnéticas en el flanco blindado de la bestia demoníaca. Impulsándose con la fuerza de sus servomotores, consiguió elevarse y sentarse de golpe en la dura silla de montar, hecha de piel humana. Golpes y cortes de hojas enemigas intentaban derribarlo de aquella brutal montura a cada metro; pese a ello, sin dudarlo, espoleó a la bestia de metal y se encorvó hacia delante para ganar velocidad.
Los ojos de Argas estaban fijos en un punto situado un kilómetro por delante de él: una montaña de pieles verdes y demonios muertos que se erigía como una macabra isla en mitad de aquel mar de sangre y guerra. In su cúspide, el pomo de una espada brillaba con una malevolencia fría, llamándolo con un invisible canto de sirena para que la recogiera y la usara para matar. Sin vacilar, Argas inclinó el cuerpo hacia su derecha mientras pasaba a toda velocidad y preparó la mano para aferrar el arma por la empuñadura en una sola pasada.
Un rugido ahogado brotó de los labios del Devorador de Mundos. La empuñadura del arma estaba erizada de púas orgánicas que intentaron perforar el guantelete de su servoarmadura; al mismo tiempo, sintió la presencia de ocho demonios menores rugiendo en el interior de su cerebro, atrapados en la hoja negra y reclamando a gritos derramar sangre, ya fuera la de sus enemigos o la suya propia.
El rugido de un motor masivo lo sacó abruptamente de su trance. Vio corriendo a la par de él a un Kaudillo Orko que gruñía subido a una motocicleta de un color rojo chillón mientras agitaba una enorme hacha con una sola mano. La hoja negra de la espada rúnica chocó contra el filo del hacha alienígena, haciendo saltar densos regueros de chispas mientras ambos jinetes aplastaban a enemigos y aliados por igual en su frenético avance. Un gruñido de pura frustración salió de la rejilla de voz del casco de Argas cuando el orko empezó a golpear lateralmente al Juggernaut con el chasis de su vehículo, buscando desestabilizar la montura y arrojarlo al fango. Sin hacer caso a los chillidos de los ocho demonios que poblaban su mente, Argas giró la espada con un movimiento rápido y la arrojó como si fuera un venablo directo hacia la rueda delantera de la moto de su enemigo. La rueda se atascó de golpe con el acero maldito, provocando que la motocicleta diera ocho vueltas de campana junto a su jinete antes de estallar finalmente en un hongo de fuego multicolor a la espalda de Argas.
La batalla se recrudeció aún más en aquellas llanuras empapadas en fluidos vitales. Montañas de chatarra humeante y cuerpos destrozados se alzaban en túmulos irregulares por doquier. El insoportable hedor a carnicería lo impregnaba todo mientras los supervivientes de ambos bandos se despedazaban poseídos por una furia asesina sobrenatural; justo al límite de lo audible, se alcanzaba a escuchar una risa cruel, inhumana y eterna que resonaba en los cielos.
Entonces sucedió. El suelo entero tembló ante la imponente silueta de un enorme Gargante Orko, una mole tan descomunal como un Titán Reaver del Adeptus Mechanicus. Sus masivos pies de metal aplastaban a vivos y muertos por igual sin distinción. Su brazo derecho terminaba en una gigantesca garra mecánica cargada de una energía crepitante, capaz de reducir un tanque entero a escoria fundida en un parpecuadro. Su brazo izquierdo era un cañón rotatorio que rugía sin descanso, cuyos proyectiles reducían a niebla sangrienta a cualquier desgraciado que se cruzara en su trayectoria mortal.
Argas notó que las ópticas de aquella colosal máquina de muerte se fijaban directamente en él. Maldijo entre dientes y, sin un solo segundo de duda, espoleó con saña al Juggernaut para acortar distancias a toda velocidad mientras escuchaba el silbar mortal de los proyectiles pesados rasgando el aire a su alrededor. Una sombra repentina oscureció el cielo rojizo y el sonido de un denso y violento aleteo anunció la irrupción de otro coloso en aquella zona de muerte. Argas supo de inmediato qué era lo que acababa de llegar; reconocía esa silueta imponente y la brutal firma acústica de sus alas coriáceas. Un Devorador de Almas se había fijado en la magnitud de la carnicería y descendía en picado para reclamar cráneos frescos para el trono de Khorne. Sin pensérselo dos veces, el Astartes tiró de las riendas metálicas e hizo virar en redondo al Juggernaut, alejándose del Gargante Orko apenas unos segundos antes de que la monstruosidad enfundada en bronce cayera a plomo sobre la máquina alienígena, blandiendo una colosal hacha a dos manos.
El Gargante abrió fuego a bocajarro contra el gran demonio, haciendo saltar astillas de su armadura rúnica e icor hirviente, pero la enfurecida criatura disforme no se detuvo y descargó su hacha con una potencia descomunal sobre el caparazón de la máquina de guerra piel verde. Un silencio aterrador y absoluto congeló el aire durante un agónico segundo. Justo después, el vacío fue sepultado por una explosión termonuclear que lo iluminó todo con un fulgor cegador, mientras Argas espoleaba desesperadamente a su montura en un intento agónico por escapar de la deflagración. La onda expansiva barrió la llanura a una velocidad absurda, desintegrando a centenares de combatientes y arrojándolos por los aires como muñecos de trapo. Un grito de puro dolor brotó de la garganta de Argas cuando fue arrancado de la silla, elevado y zarandeado sin control por el viento atómico, sintiendo cómo el calor extremo castigaba cada una de sus terminaciones nerviosas a través de la servoarmadura.
Durante los siguientes segundos, solo hubo oscuridad y un silencio fúnebre. Por un breve instante pensó que el frío abrazo de la muerte lo había reclamado definitivamente; sin embargo, el aguijón inclemente de los Clavos del Carnicero despertó a Argas de golpe, haciéndole rugir como una bestia herida. Su servoarmadura estaba completamente renegrida y calcinada; los servomotores hidráulicos chillaron de pura agonía mecánica cuando intentó incorporarse, al tiempo que las lentes ópticas de su casco se autoajustaban con dificultad. Todo a su alrededor estaba cubierto por un manto de cuerpos carbonizados por el intenso calor de la detonación. El Gargante piel verde y el Devorador de Almas yacían tirados en el fango como juguetes rotos de un dios demente que se hubiera hartado de ellos.
Un suspiro cansado escapó de su rejilla de voz. Rompiendo la inercia, Argas arrancó un pesado eviscerador de las manos muertas de un Chakal calcinado; hizo un par de barridos en el aire con aquella masiva hoja de motosierra para comprobar el peso y asintió levemente. En ese instante, un destello de luz azulada iluminó sus espaldas. Se giró de forma instintiva, solo para ser golpeado brutalmente por la garra de combate de un Mekániko piel verde que reía sin parar de forma desquiciada. El aire salió expulsado de golpe de los pulmones de Argas al encajar el impacto. Lanzó un tajo ciego hacia el frente con el eviscerador, pero el piel verde fue envuelto de inmediato en un destello de energía azul, desapareciendo de su trayectoria para reaparecer dos metros a su derecha.
—Maldito cobarde... —escupió Argas, al comprender que aquel orko llevaba un generador de salto disforme atado a la espalda y estaba utilizando su errática tecnología para jugar al gato y el ratón con él—. Ven y lucha como se debe... asqueroso cerdo.
El xeno se mofaba sin descanso mientras se teletransportaba y arremetía una y otra vez, jugando con el Astartes como si fuera un niño indefenso. Argas parecía reaccionar por pura inercia, lanzando mandobles tardíos que jamás encontraban su objetivo, comportándose aparentemente como un demente frustrado. El piel verde materializó su silueta justo a la espalda del Devorador de Mundos, alzando su garra de combate con la clara intención de destrozar la mochila de energía de la servoarmadura para dejarlo completamente inmovilizado.
Pero Argas no había estado atacando a ciegas. Cada golpe errado, cada movimiento torpe, había sido fríamente calculado para estudiar y descifrar el patrón de teletransporte de aquel enajenado xeno. Pivotando sobre sus talones con una velocidad sobrehumana, alzó el pesado eviscerador en un arco ascendente y cercenó limpiamente el brazo del Mekániko Orko a la altura del codo izquierdo.
El rostro del alienígena se contrajo en una mueca de absoluta perplejidad al contemplar el chorreante muñón en el que se había convertido su extremidad. Sin darle un respiro, Argas giró el arma sobre su eje y hundió los dientes rugientes de la motosierra directamente en el pecho del xeno. El impacto desestabilizó por completo el generador de salto. Dañado y sobrecargado, el artefacto se encendió en un estallido incontrolable. Una violenta luminiscencia azul desintegró el cuerpo del orko al instante y envolvió por completo a Argas. Un chillido ahogado escapó de la rejilla de voz de su casco mientras su estructura era disgregada en átomos y arrojada violentamente a las corrientes cambiantes e impredecibles de la Disformidad.
Había sido cuestión de segundos, pero en el plano inmaterial el tránsito se sintió como milenios de agonía.
Argas se arrancó el casco de un tirón y vomitó bilis y flema negra sobre el suelo de tierra oscura en el que acababa de despertar. Se limpió los labios con el dorso chamuscado de su guantelete izquierdo y, arrastrando el cuerpo, alzó la mirada hacia el firmamento. Enormes auroras disformes de tonos imposibles danzaban en el cielo, pero, a través de los desgarros de la energía inmaterial, se alcanzaban a ver con nitidez las frías y distantes estrellas del espacio real.
Una carcajada ronca y seca brotó de su garganta herida. Había escapado de las Llanuras de Hueso. Se encontraba en un mundo limítrofe, en el borde mismo de la Gran Cicatriz o del Torbellino. Al fin, contra todo pronóstico, era libre del bucle de muerte eterna.
El chasquido familiar de los bólteres y el gemido sordo de los músculos artificiales de las servoarmaduras lo sacaron abruptamente de sus pensamientos. El Devorador de Mundos se descubrió rodeado por tres docenas de Astartes que le apuntaban con sus armas sin titubear. Sus corazas estaban decoradas en una siniestra combinación de rojo y negro con rebordes dorados; de sus cinturones tácticos colgaban macabros trofeos de saqueo recientes, y en su hombrera izquierda lucían grabado el blasón de un puño negro agarrando una estrella. El emblema inequívoco que los identificaba como Corsarios Rojos.
Aquellos traidores formaron un pasillo tenso, abriendo paso al mismísimo Tirano de Badab: Huron Corazón Negro. Argas observó fijamente al temido señor de los Corsarios Rojos mientras este se adelantaba. La mitad derecha de su anatomía era una grotesca pero formidable amalgama de implantes biónicos pulidos; las cuchillas de su enorme garra de combate se contraían levemente en espasmos mecánicos, juegoetando de manera amenazante con el piloto de llama que crepitaba en la boquilla del lanzallamas integrado en su puño. Su pesada capa ondeaba al ritmo de una corriente de aire invisible, y tanto de su pectoral blindado como de su cinturón pendían reliquias y despojos de saqueos imperiales recientes. Entre sus pesadas botas, deslizándose con una familiaridad reptiliana, se movía su mascota demoníaca, el Hamadrya, cuyos orbes completamente negros escrutaban con fijeza al maltrecho Devorador de Mundos.
—Oh, mira lo que las mareas de la Disformidad han traído a Nuevo Badab —la voz de Huron sonó fría y calculada, mientras sopesaba el hacha de energía con su mano izquierda y observaba al veterano herido con evidente diversión—. Bien, dime, Devorador de Mundos... ¿Me servirás? ¿O tengo que colgar tu cuerpo roto de las almenas de mi fortaleza?
—Soy Argas Goren, Devorador de Mundos, veterano de la Guerra Eterna y aquel que ha escapado de uno de los infiernos de Khorne —gruñó Argas a pleno pulmón, poniéndose en pie y recogiendo su casco para fijarlo magnéticamente a su cinturón sin dejar de mirar al Tirano—. ¿Qué me ofreces por servir bajo tu estandarte?
—Te ofrezco enemigos a los que matar —sonrió Huron con una mirada encendida por la ambición y el resentimiento, a la vez que alzaba sus temibles armas hacia el cielo—. Naves que robar, mundos que saquear y la libertad que ningún otro señor de la guerra te dará. ¿Cuál es tu respuesta, Argas Goren?
—Te serviré hasta que la muerte me reclame o te mate por volverte débil —contestó Argas con solemnidad, desenvainando su cuchillo de combate para infligirse un corte limpio en la mejilla, manchando la hoja con su oscura sangre—. Y lo juro por mi propia sangre.
—Hecho está —asintió complacido Huron, girándose sobre sus talones para emprender el regreso hacia su fortaleza en aquel mundo condenado—. Te unirás a una de mis escuadras de incursores. Demuestra a estos jóvenes cómo lucha un verdadero veterano de la Herejía de Horus.
Argas asintió, guardando un tenso silencio. Había escapado de una condena de muerte y resurrección eterna para acabar sirviendo a un demente ambicioso que competía con Abaddon el Saqueador por el derecho a liderar a las legiones y a los renegados. Una cosa tenía clara: al final solo había guerra y dioses riéndose en la oscuridad, sin importar el lugar ni a quién sirviera su innata habilidad para matar.

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