El Vidente y el legado ancestral

Eldrad Ulthran se despertó gritando en la oscuridad de sus aposentos del mundo astronave de Ulthwé, un sudor frío cubría su piel pálida y sus manos temblaron inconscientemente. Había sentido una perturbación en el Velo que separaba la realidad de la Disformidad, un grito de terror de los cuatro que no deben ser nombrados, el motivo vino a su mente con claridad cristalina: habían descubierto una copia del Justicary. Se irguió y usó el poder de su mente para limpiar todo rastro de sudor y suciedad, mientras se enfundó su túnica negra de vidente y se colocó las piezas de armadura, hasta ahora solo había dos copias en la galaxia de aquel libro que podía cambiarlo todo, una era el original que estaba en la Biblioteca Negra y la otra una copia transcrita por su raza después de la guerra del Cielo que estaba en manos del Necron conocido como Trazin el infinito. Agarró su báculo y salió de sus aposentos, necesitaba la sabiduría de los antiguos, pues aquel libro era demasiado poderoso para dejarlo pasar libremente.

Los pasillos estaban vacíos y silenciosos, como si un velo mortuorio hubiera caído sobre el mundo Astronave, aun así Eldrad siguió caminando con una rapidez inusitada pese a sus milenios de edad. El coro de almas lo acogió al llegar al Circuito Infinito, el lugar donde todas las almas de los aeldaris de Ulthwé muertos descansan, ellas también habían percibido la aparición del Justicary, una extraña emoción frenética perturbaba su descanso eterno. La escarcha psíquica cubría la sala de huesos espectral, las joyas de las almas aeldaris giraban a gran velocidad por todo el lugar, ansiosas y frenéticas, chillando como espectros condenados. Eldrad se sentó en el centro de aquel caos y cruzó las piernas, cerró los ojos y concentró expandiendo su mente más allá de su cuerpo, su alma se alzó de su cuerpo para entrar en comunión con los videntes aeldaris del Circuito Infinito. Sus formas parecieron ante él, eran sombras informes por los milenios de encierro en sus joyas espirituales para salvarlas de la voracidad de la Sedienta. Sus miradas sin párpados se clavaron en el alma de Eldrad, en ellas ardía un anhelo de volver a vivir y sentir, sabía que debía usar su poder para evitar que ninguna de esas almas intentará echarlo de su joya espiritual y ocupar su cuerpo.

-He venido por consejo, antiguos -la voz de Eldrad sonó suave y tranquila, pese a la inquietud que sentía en el fondo de su corazón.-El Justicary ha aparecido de nuevo. ¿Debo encontrarlo o destruirlo?

-¡Encontrarlo! -rugieron al unísono un millar de almas a coro, con tanta fuerza que pareció vibrar todo el mundo Astronave por la respuesta.-Ese libro escrito por los Ancestrales puede destruir a la Sedienta y sus hermanos, devolvernos a la vida y liberar a nuestra raza del destino de la extinción.

-Lo sé, pero es un libro que ningún ser puede leer sin poner peligro la creación por sí solo -Eldrad respondió con suavidad, en un intento de calmar el agitado mar de almas. -Lo encontraré, no puedo permitir que las razas menores o los seguidores de los cuatro que moran tras el Velo de la Disformidad se hagan con él.

-¡Tráelo al Circuito Infinito! -ordenaron con ansia las almas girando alrededor de Eldrad y luego empujándolo de vuelta a su cuerpo como si le golpearan con un puño invisible. -Ve y salva nuestra raza...

Un golpe de tos salió de la garganta de Eldrad al volver a su cuerpo, gotas de sangre volaron de su boca y mancharon el suelo, nunca antes los antiguos habían sido tan feroces y ansiosos. Soltando un suspiro cogió su báculo y se apoyó en él, levantándose con dificultad para empezar su búsqueda, mientras en su mente la maraña de futuros pasaban a toda velocidad, viendo las distintas posibilidades y sus ramificaciones. Había posibilidades de salvar a su raza, pero también de condenar la galaxia e incluso de destruir toda la creación por el uso de aquel libro. Se puso el casco y respiró profundamente antes de dar la orden de reunir a las huestes del mundo Astronave en aquella búsqueda contrarreloj.

Los Hijos del Emperador arrasaban y saqueaban aquel mundo imperial llamado Quintus IV, Eldrad sabía que eran ajenos al gran tesoro que se encontraba allí escondido, el Justicary. Sin dudar dio la orden de ataque, las estilizadas y rápidas naves aeldaris dispararon contra la retaguardia de las naves corruptas de aquella Legión de Astartes Traidores, destrozándolas antes que estás pudieran defenderse, haciendo llover escoria fundida y restos sobre los continentes de Quintus IV. Los aeldaris descendieron sobre la capital, Trajanis y empezaron a combatir con un odio desenfrenado contra los sirvientes de la Sedienta. Eldrad caminaban por aquella vorágine de guerra y muerte, atraído por la llamada del Justicary, igual que una polilla a una llama y usando sus poderes para reducir a cascarones humeantes a los cultistas humanos, que se habían alzado con la llegada de la Legión Traidora contra el Imperio de los Mon-Keigh. Una risa cruel llamó su atención, una figura enorme enfundada en una armadura de un rosa chillón con decoraciones en oro y plata, salió a su encuentro, había matado al humano que tenía el Justicary y se lo había colgado de sus túnicas de piel humana que cubría su servo-armadura, energía disforme salía de sus ojos y sonreía igual que una hiena de dientes afilados.

-Vaya, vaya... los juguetes favoritos de mi Dios...-dijo con tono meloso el hechicero del Caos, apoyándose en su largo bastón hecho de fémures humanos y rematado en un sigilo de Slaannesh de plata pulida. -Soy Atemar y sé lo que buscas... esta chuchería...-tocó el lomo del Justicary con delicadeza.-No he podido abrirlo... pero cuando arranque tu alma de tu bonita joya espiritual... sabré como hacerlo.

-No lo creo...-respondió con frialdad Eldrad, preparándose para el combate y desenfundado su espada psíquica de hueso espectral. -Veo tu futuro y es muy negro...

Atemar se rio y alzó su bastón, lanzando una cadena de rayos multicolores contra Eldrad, este con tranquilidad absoluta golpeó con su báculo el suelo, haciendo que se alzará un muro de piedra del mismo empedrado de la calle, protegiéndolo de aquel ataque. Una nube de polvo se formó al impactar los rayos y Eldrad cruzó como un rayo la pedregosa niebla, lanzando una serie de tajos con su espada y obligando a Atemar a retroceder, mientras este usaba su bastón de hueso para detener sus ataques. El poder psíquico de ambos chocó reventando los cristales de las ventanas cercanas y quemando las mentes de todos los cultistas, Astartes Traidores y Aeldaris a varios metros a la redonda por el intenso golpe psíquico. Atemar rugió y dio una patada a Eldrad arrojándolo varios metros vacía atrás, en ese instante la espada de hueso espectral cercenó las cadenas donde el Astarte Traidor había sujetado el Justicary, haciendo caer el libro al suelo. 

-Eres débil, Vidente...-Atemar lo dijo agarrando su bastón de hueso a dos manos para atacar a Eldrad. -Torturaré tu alma durante milenios...

-No, se acabó...-Eldrad alzó su mano y atrajo el Justicary, que salió volando desde el suelo y abriéndose ante él. -¡Es hora que el Velo se retraiga!

Eldrad leyó las palabras escritas en las hojas del Justicary, una lengua más antigua que cualquier raza viviente actual, cargadas de poder y sabiduría desconocida incluso para los Dioses del Caos. Atemar chilló cuándo su conexión con Slaannesh fue cortada de forma brutal por las palabras de Eldrad, que vio como el cuerpo del hechicero del Caos se consumía hasta volverse polvo al perder su alma en la vorágine de la Disformidad, haciendo caer su armadura corrupta vacía al suelo y desparramando el polvo de su interior. Entonces se dio cuenta de los gritos que resonaron a nivel planetario en su cabeza, no solo había cortado la conexión del cuerpo de Atemar, había cortado la conexión de cada adorador de Slaannesh de Quintus IV. Cultistas y Astartes Traidores se consumieron y desmoronaron ante las perplejas miradas de los defensores imperiales y los asaltantes aeldaris, dejando una niebla de polvo flotando en el aire. Eldrad se concentró en cerrar el libro, aquel poder era demasiado para que un solo vidente aeldari lo usará, incluso alguien tan antiguo y sabio como él mismo. Un agotamiento infinito se apoderó de él, mientras se colgaba el libro de la cadera, había recuperado un arma tan poderosa y sorprendentemente que podía cambiar el destino de su raza.

-Que todos los guerreros de las Sendas vuelvan a las naves...-la voz sonó igual que la de un anciano decrépito por el comunicador de su casco.-Hemos cumplido nuestro objetivo, no nos importa nada más el destino del mundo de los Mon-Keigh. Volveremos a Ulthwé.

Habían pasado horas desde que habían dejado atrás Quintus IV, Eldrad permanecía en el puente de mando del destructor Sombra de Yleth. Su mirada estaba fija en el portal de la telaraña que le llevaba de vuelta a Ulthwé, su mente desentrañaba los futuros ramificados de tener el Justicary. Una esperanza nacía en su corazón, ahora tenían un arma para golpear a la Sedienta y hacerla daño, para romper las cadenas que les ataban a aquel Dios de la Disformidad nacido de los excesos de su raza y recuperar su antigua gloria de su imperio caído. El legado de los Ancestrales podía salvarlos, cerrar la Cicatriz Maledictum e incluso acabar con los Dioses del Caos. Eldrad volvió a acariciar el libro con su mano derecha, las posibilidades eran infinitas y él tenía el peso de guiarlas para que el mejor futuro se desarrollará, aunque eso le costará la vida.

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