El cielo nocturno de Korriban se iluminó por las explosiones en la órbita baja y por el fuego pesado de los blasters de las baterías antiaéreas, la República y los Jedis habían hecho su movimiento contra el nuevo imperio Sith, que había empezado a resurgir en aquel ancestral mundo. Anrim corría asustada por el valle de los Lores Siths, buscando un lugar donde esconderse de los bombardeos y los combates que libraban sus maestros contra los Jedis. Alzó su cabeza rapada y su sucio rostro palideció, al ver los escuadrones de soldados de la República con sus armaduras eran una mezcla de tonos naranjas, amarillos y negros que se iluminaban de forma siniestra al disparar contra las hordas asustadas de esclavos, que huían por aquel valle en un desesperado intento de escapar de los invasores. Se pegó a la piedra de aquella enorme puerta sin saber que gran Lord Sith se estaría pudriendo dentro de aquel mausoleo y tampoco sin importarle, pues solo quería entrar y esconderse hasta que el peligro hubiera pasado. Las temblorosas manos de Anrim tantearon los mosaicos de la entrada de forma desesperada, hasta encontrar la palanca de apertura que pulsó con frenesí al escuchar cómo el sonido de los blasters se acercaba cada vez más. La puerta de piedra crujió y empezó a moverse, hundiéndose en el suelo hasta quedar escondida como si fuera una losa más del recinto funerario, dejando a la vista un largo y oscuro pasillo donde flotaban pequeñas partículas de polvo. Sin pensarlo dos veces, Anrim entró dentro asustada, pensando si habría cometido un error fatal cuando escuchó cómo la puerta se volvía a alzar, para sellar aquella tumba con ella en su interior.
Las viejas lámparas incrustadas en los techos de piedra se encendieron, dando una mortecina luz rojiza al pasillo por dónde avanzaba Anrim. Sus ásperas manos acariciaron los relieves de piedra de aquel pasillo, sus grises ojos los estudiaron con detenimiento y curiosidad, viendo que representaban la historia del Lord Sith enterrado en aquel lugar hace milenios. Podía sentir el peso de la historia en aquel sitio, algo la atraía a mirar a aquellos muros y seguir internándose en el interior de la cripta hasta llegar a la siguiente puerta, que empezó a abrirse antes de que llegara ante ella. La mano de Anrim se posó sobre la tosca empuñadura de su cuchillo, sabiendo que terribles bestias moraban en las tumbas, guardianes de los momificados restos de los poderosos Siths enterrados en aquel valle funerario. Armándose de valor entró dentro de la sala de piedra, para segundos después ver cómo todo a su alrededor se distorsionaba y transformaba aquella estancia en segundos. La piedra de la cámara fue sustituida por masivas planchas de metal, paneles de plastiacero y enormes cristaleras blindadas del puente de mando de una nave de guerra, que mostraban un combate espacial encarnizado entre dos flotas. Las alarmas sonaban a su alrededor, decenas de oficiales con uniformes grises permanecían en silencio frente a sus terminales enviando órdenes, cuando se fijó en una enorme figura de dos metros que sobresalía sobre el resto. Anrim sintió su mirada atraída hacia él de forma inexorable. Era alto y fuerte, su cráneo estaba totalmente pelado y tatuado con dos largas línea azuladas, los afilados y pálidos rasgos de la parte visible de su rostro parecían esculpidos en piedra. Una extraña prótesis de metal gris pulido sustituía su mandíbula y tapaba toda la parte inferior de su rostro, vestía un ceñido traje acorazado rojo y de su espalda caía una capa larga negra. A su derecha un veterano oficial permanecía inmóvil, su arrugado rostro mostraba la palidez y las venas marcadas por el lado Oscuro de la Fuerza, observaba la batalla con tranquilidad absoluta y susurraba órdenes a través de un pequeño comunicador que sujetaba delicadamente con sus enguantadas manos.
-Lord Malak... el comando de la República ha asaltado la nave de Lord Revan...-el oficial lo dijo con suavidad, sus ojos seguían mirando la batalla mientras informaba de la situación a su terrible señor. -Los Jedis están siendo liderados por la Padawan Bastila Shan, según la informes de inteligencia es una experta en comandar tropas. ¿Debemos ayudar a Lord Revan?
-No, no vamos a ayudarlo Almirante Karath -la voz de Malak sonó fría y distorsionada, retumbando por todo el puente de mando y haciendo temblar a todos, incluida a la propia Anrim. -Apunta con todas las baterías del Leviatán a la nave de Revan y destrúyela, mi Maestro es débil y yo asumiré el liderazgo de los Siths.
-Sus órdenes serán obedecidas, Lord Malak -el almirante Saúl Karath asintió y dio la orden de disparar a través de su comunicador. -¡Lord Revan ha caído! ¡Todas las baterías abran fuego y destruyan a sus asesinos!
Anrim observó desde su aventajada posición cómo la nave de Revan era destruida y reducida a basura estelar bajo la terrible potencia de fuego del Leviatán, saboreando y aprendiendo aquella lección de que solo los fuertes sobrevivían. Un parpadeo después todo había vuelto a cambiar, encontrándose otra vez en aquella cámara de piedra de la cripta. El rancio hedor a moho le hizo dar una arcada de asco, miró las paredes llenas de nichos donde yacían resecos restos de los servidores y esclavos del antiguo Lord Sith, sintiendo el odio y el dolor que irradiaban como un ruido de fondo en el interior de su cabeza. Anrim apartó aquellas lamentables voces y observó la puerta con detenimiento, buscando una forma de abrirla y seguir avanzando. Una sonrisa apareció en su mugriento rostro, al encontrar un pequeño terminal casi oculto en los relieves del marco de piedra que rodeaban la puerta y ver que aún funcionaba, pulso la pantalla y en ella apareció un texto.
"La paz es una mentira, solo hay pasión. Con la pasión, obtengo fuerza. Con la fuerza, obtengo poder. Con el poder, obtengo..."
Anrim sonrió ampliamente al reconocer el Código de los Sith incompleto, cerró los ojos y murmuró el código que tantas veces había visto escrito en las ruinas en sus labores de limpieza y reconstrucción de aquel valle. Sus manos volaron sobre el pequeño teclado integrado en la pantalla, tecleando a toda velocidad la parte faltante del código Sith y luego lo leyó despacio antes de pulsar la activación, para que el sistema integrado en la puerta lo comprobase. Un gran y sonoro chasquido reverberó en aquella sala mortuoria, seguido del suave deslizar de las puertas de piedra que se separaron, dejando el acceso abierto al siguiente pasillo apenas iluminado. Desenvainó el cuchillo y la hoja brilló por la rojiza luz, mientras avanzaba por aquel pasillo que mostraba más escenas de aquel Lord de los Sith. Imágenes de batallas y genocidios estaban talladas en aquellos polvorientos muros, mostrando su legado e historia a aquellos los suficientemente valientes para entrar en su tumba. Anrim vio cómo el pasillo terminaba en otra puerta de piedra que se abrió, separándose y ocultándose en cada uno de los laterales, mostrando la siguiente sala de aquel polvoriento mausoleo. Al entrar escuchó cómo la puerta se cerraba detrás de ella, ante ella había una plataforma de piedra con tres puentes, uno que llegaba hasta el extremo opuesto a ella y terminaba ante una enorme puerta de piedra, los otros dos puentes salían de la parte izquierda y derecha de la plataforma también acabando ante una gran puerta, grandes pedestales ocupaban las cuatro esquinas de la sala, encima de cada uno había una polvorienta estatua de Darth Malak sosteniendo un enorme vibromachete, cómo si fueran custodios silenciosos. El abismo que rodeaba la plataforma subía una tenue luz que iluminaba aquella estancia. Anrim se asomó al borde de aquel abismo, viendo poderosos torrentes de rugiente y abrasadora lava fluir con tranquila parsimonia. El ruido de la piedra al resquebrajarse llamó su atención, vio que las estatuas habían bajado de sus pedestales y avanzaban con paso torpe hacia ella, regueros de polvo y trozos de arcilla roca rota caían de sus cuerpos, dejando ver el metal oxidado que tapaba la falsa cubierta rocosa.
-Droides centinelas camuflados...-Anrim se echó al suelo esquivando el ataque del primer droide que le atacaba desde atrás y clavando su cuchillo en la parte trasera de la articulación de la rodilla derecha de aquella máquina. -Por suerte... parece que llevan mucho tiempo sin un buen mantenimiento...
Movió el cuchillo cortando cables y tubos de líquido refrigerante, el droide intentó girarse y la articulación no respondió perdiendo el equilibrio y cayendo de bruces al suelo de la plataforma de piedra. Anrim saltó sobre el droide caído y clavó el cuchillo en el rostro de arcilla a la altura de los ojos, atravesando la arcilla y la lente, hasta clavarse en el cerebro electrónico de aquella máquina sin piedad. Podía escuchar a los otros tres avanzar hacia ella, desesperada arrancó el cuchillo y recogió en vibromachete, preparándose para la lucha. Una sonrisa apareció en su mugriento rostro al recordar cómo había sido usada para el entrenamiento de los soldados de sus amos, aun así ella había sobrevivido y aprendido a combatir, mientras que decenas de esclavos habían muerto en los campos de entrenamiento. Anrim se lanzó a la carga contra el droide que avanzaba por el borde derecho de la plataforma para cortarle el paso, sus armas chocaron y con un rugido furioso empujó hacia atrás a la máquina, obligándola a retroceder, utilizando su peso en su contra y haciendo caer al rugiente río de lava. Quedaban dos droides, uno detrás de ella y otro delante, ambos se movían al unísono para intentar acorrala y despedazarla sin piedad. Anrim sintió la ira y el odio crecer en su interior, no iba a morir en aquella cripta olvidada y acabar cómo una momia reseca en aquella sala. Espoleada por aquel torbellino de sentimientos, cargó contra el droide que tenía delante y le lanzó una estocada hacia su rostro cubierto de arcilla reseca. El droide alzó el arma y un reguero de chispas cayeron al suelo al chocar los filos, para luego intentar lanzar un tajo de izquierda a derecha para partir por la mitad a su adversaria. De forma desesperada se echó hacia atrás, pero no fue lo suficientemente rápida y el filo del arma del droide abrió una línea roja a la altura de su vientre. Aparentando los dientes por el dolor, Anrim lanzó el cuchillo contra el rostro del droide, que de forma automática alzó su arma para parar el arma arrojadiza. Solo tenía unos segundos, por lo que aprovechó que su mecánico enemigo había roto su guardia para lanzarle un golpe ascendente con su vibromachete. El arma de Anrim vibró cuándo destrozó la arcilla reseca, el chillido de la hoja al rajar el oxidado metal resonó por la sala y espeso líquido negro salió de aquel corte en una siniestra parodia a sangre. Un destello en el borde de su visión periférica la advirtió del ataque, por instinto soltó el arma encajada en el cuerpo metálico de su enemigo y arrojó hacia la derecha, esquivando en el último minuto, esquivando el ataque del último droide guardián. Anrim se levantó y miró a su enemigo, que alzaba su arma de nuevo para atacarla con precisión quirúrgica, lanzando un enjambre de ataques contra ella. Desesperada, rodó por aquel polvoriento suelo, necesitaba un arma para defenderse o solo sería cuestión de tiempo acabar despedazada por aquella máquina asesina. Una sonrisa victoriosa apareció en su rostro al cerrarse su mano sobre el vibromachete del último enemigo que había destruido, alzando en arma de forma desesperada y parando el ataque descendente del droide, destinado a partirle la cabeza en dos. Un gruñido de dolor salió de sus resecos labios, al notar la reverberación de aquel brutal golpe en todo su cuerpo, pese a ello se obligó a levantarse y responder al ataque. Las hojas se movían a toda velocidad, dejando estelas luminosas y regueros de chispas al chocar mientras ambos contendientes buscaban una apertura en su enemigo para acabar aquel combate. Anrim jadeaba agotada, regueros de sudor caían de su frente y dejaban surcos en su rostro, arrastrando la suciedad y el polvo igual que ríos al volver a recorrer sus cauces secos. Sabía que era cuestión de tiempo que la matase aquella máquina, estaba cansada y herida, pronto no podría seguir el ritmo del combate y tendría una muerte brutal. Aquella idea horrorizó y enfado a Anrim, las llamas del odio y la ira empezaron a avivarse en un corazón, dándole una fuerza y determinación nacida del deseo de sobrevivir. Soltando un rugido animal, lanzó golpe tras golpe contra el droide, siempre atacando el mismo lugar sin parar, hasta que oyó en crujido de la célula de energía del arma de su enemigo al romperse ante el último ataque. La energía vibratoria del arma del droide murió, transformándola en una simple hoja de metal muerto que se rompió ante la energía y fuerza del siguiente ataque de Anrim. La cabeza de aquella máquina salió volando, cuándo fue cercenada de su metálico cuello y cayó a la rugiente lava del abismo que rodeaba la plataforma y los puentes. Anrim cayó al suelo de rodillas, empapada en sangre, sudor y restos de fluidos negros de sus enemigos, su pecho subía y bajaba agitado, mientras una risa de cruel satisfacción salió de su garganta.
Anrim no sabía cuánto tiempo había pasado tras el desesperado combate contra los droides guardianes, porque el cansancio se había apoderado de ella y se había desmayado sobre el polvoriento suelo. Se levantó dolorida y recogió el vibromachete, sus ojos recorrieron la enorme cámara y se posaron en la puerta del fondo, la losa que la sellaba se había ocultado y dejado el acceso libre al siguiente pasillo del cual parecía provenir una presencia sobrecogedora. Se sentía atraída hacia aquel pasillo, sentía que algo o alguien la llamaba a qué se adentrara aún más en las profundidades de aquel lugar, haciéndole olvidar por qué había entrado en esa tumba. Arrastró los pies por aquel apenas iluminado pasillo, sentía que la vida se le escapaba lentamente por la perdida de sangre de los cortes que cubrían su cuerpo. Aun así siguió avanzando hasta llegar a la siguiente cámara. El olor a muerte y polvo antiguo la recibió. Aquella cámara era pequeña comparada con las anteriores, sus pulidos muros estaban grabados con extrañas runas que parecían relumbrar con luz propia. En el centro de aquella cripta, había un enorme sarcófago vertical de dos metros y medio de alta, la tapa estaba grabada con la imagen del antiguo Lord Sith y a los pies de aquel sepulcro había decenas de cestas y vasijas con ofrendas al difunto. Anrim avanzó despacio, usando el vibromachete como si fuera un bastón para apoyarse y no caerse al suelo, admirando aquel lugar y sintiendo como se le erizaba el pelo por la energía allí contenida.
-Este sitio es impresionante...-las palabras salieron con miedo reverencial de los resecos labios de Anrim, mientras la codicia batallaba contra sus instintos de huir de aquel lugar.-Seguro que debe haber tesoros importantes entre las ofrendas, si se los llevo a mis maestros... seré recompensada...
Mientras pronunciaba aquellas palabras, los ojos del imágen tallada de Darth Malak relumbraron rojos con dos teas ardientes y la sala empezó a temblar. Anrim intentó retroceder asustada ante la mirada de aquellos furibundos ojos tallados, pero no podía mover ni un músculo de su cuerpo y sintió como aquel gigante le aplastaba el cuello. En ese instante vio cómo el sarcófago se abría de par en par, dejando a la vista el momificado cuerpo del antiguo Lord Sith y como de sus oídos, ojos, nariz y prótesis de mandíbula emanaba un humo espeso que se arremolinaba sobre el cadáver. El humo se acumuló y tomó la titánica forma de Darth Malak, que miraba con odio ancestral a Anrim e irradiando un poder sobrenatural, que hacía temblar todos los objetos de la sala.
-Estás marcada por el lado Oscuro, lo puedo notar -cada palabra que pronunciaba el espectro de Darth Malak estaba cargada de odio y violencia, sugerían en la débil mente de Anrim promesas de océanos de dolor. -Y aun así eres débil, tienes el don de la Fuerza, pero está sin desarrollar por la ceguera de tus maestros.
-No me mate... Lord Malak...-Anrim pronunció con esfuerzo cada palabra, notando como la sangre le caía por la nariz, los ojos y los oídos, sabiendo que estaba en el filo de la navaja entre la vida y la muerte. -Me has llamado... desde que entré... he venido a servirte, mi poderoso Maestro.
-Es cierto, tú has sido atraída por mi oscura llamada -Malak asintió levemente, aflojando su presa y acercando su espectral rostro al de Anrim. -Pero no vas a servirme cómo crees, vas a ser mi nuevo cuerpo...
Darth Malak río cruelmente y segundos después se deshizo en serpenteantes y nebulosos zarcillos, para luego empezar a entrar dentro del cuerpo de Anrim por su boca, nariz, ojos y oídos. Ella quiso chillar de terror, pero su garganta estaba llena de espeso y acre humo, sentía cómo aquel espectro desgarraba su mente de forma metódica y sádica. Poco a poco todo lo que formaba la personalidad de Anrim desapareció, siendo sustituida por la antigua y maligna personalidad de Darth Malak. Aquel acto pareció durar una eternidad, aunque solo fueron unos vertiginosos segundos de crueldad asesina y brutal. El cuerpo pálido de Anrim yacía tirado en el suelo sin vida, cómo si fuera un juguete roto arrojado por algún titánico dios, para segundos después empezar a respirar levemente. Una risa oscura y dura salió de su garganta, sus ojos relumbraron al volverse totalmente amarillos y estiró su mano derecha hacia el sarcófago, mientras se ponía en pie con facilidad. Un sable de luz salió disparado de la antigua momia que yacía en el sarcófago y voló hasta la mano del nuevo cuerpo de Darth Malak, una sonrisa de satisfacción apareció en su sucio rostro al sentir el familiar tacto de su arma. Darth Malak había vuelto de entre los muertos y esta vez no le podrían detener los Jedis, ni tampoco la decadente República, los planetas arderían y su nombre volvería a ser temido por toda aquella miserable galaxia.

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