La Durmiente


El ruido de los cascos de los caballos y el murmullo de varios centenares de hombres se habían convertido en el ruido de fondo para Eric. Un suspiro largo salió de sus labios; aquella campaña militar era la única opción de escape al destino de acabar sin nada tras la coronación de su hermano mayor. Hizo girar su caballo y observó un momento a su pequeño ejército: una decena de sus caballeros personales, un regimiento de treinta espaderos y otro de lanceros del mismo número; les seguían trescientos mercenarios pagados con sus ahorros personales. Negó con la cabeza al ver las desordenadas filas de aquellas espadas de alquiler; ladrones, asesinos y desertores solían engrosar las filas mercenarias, pero lo importante era que los usaría para tomar aquel reino perdido. Llevaban tres semanas de campaña, avanzaronpor las tierras del antiguo reino caído de Narmid, obligando a pueblos miserables a jurarle lealtad como nuevo soberano y buscando información. El capitán de sus caballeros y maestro de armas, un viejo caballero llamado Roland, se puso a cabalgar parejo con Eric. Tenía el pelo totalmente blanco como la nieve y su rostro bronceado estaba curtido por la guerra.

—¿Está seguro de que puede fiarse de la información de esa chusma paleta? —la pregunta de Roland fue suave y con un tono tranquilo, pero cargada de duda—. Un castillo envuelto en un laberinto de espinas en mitad de un bosque, donde moran extrañas criaturas e incluso un dragón, me parece algo difícil de creer.

—El castillo existe, Roland —Eric lo dijo con un tono que no admitía discusión, mientras su mirada seguía fija en el horizonte—. Sale en los viejos mapas de la biblioteca real. Si la zona lleva dos siglos abandonada, es normal que haya crecido maleza e incluso un bosque; los monstruos y el dragón son solo superstición pueblerina o alguna banda de ladrones disfrazados con pieles de animales.

—Lo entiendo, mi señor —Roland asintió con la cabeza más tranquilo, pero aun así se sentía incómodo—. Aun así me da mala espina esta campaña. ¿No basta con subyugar a los pueblos de la zona? ¿Debe tomar también un castillo en ruinas?

—Ese castillo es fundamental, una reconstrucción es más fácil que construir uno de cero y más barato —gruñó Eric ante la inquietud y las preguntas de Roland—. Además, tomar el castillo me convierte en dueño de todas estas tierras miserables.

Roland no insistió más, guardando un silencio respetuoso ante las palabras de su señor, y retrocedió para dar órdenes a la compañía de caballeros montados. Eric lo miró irse y su mano cubierta por el guantelete de metal acarició el libro que colgaba de su cinturón. Las letras grabadas en pan de oro desgastado aún eran visibles: La caída de Narmid. Había leído aquel libro desde que era un niño pequeño: un reino maldecido por una hada enfadada, una muerte anunciada y una princesa en la torre de un castillo en un sueño eterno, monstruos y dragones. De pequeño lo había asombrado, pero ahora pensaba que todo aquello era un adorno a lo que podría haber sido una plaga que asoló el castillo y la capital de aquel reino caído en desgracia. Eric alzó la mirada y entrecerró los ojos; detuvo su caballo y alzó su mano derecha para parar el avance de la columna. Buscó en la bolsa de pertenencias que colgaba de la silla de montar a toda prisa y sacó un catalejo que desplegó. Con cuidado se lo llevó al ojo derecho y miró hacia delante. Lo que vio le dejó sin aliento y le hizo erizar el pelo de la nuca de emoción: un bosque de árboles oscuros rodeando una enorme masa de zarzas de espinas y, sobresaliendo sobre aquel espinoso mar, media docena de torres de piedra ruinosas. Una sonrisa apareció en el rostro juvenil y pálido de Eric; había encontrado el castillo y la ciudad, ahora solo tenía que abrir un camino y reclamar su reino.

—Lo veis, ahí está —Eric señaló con un dedo acorazado de su mano derecha, riéndose a pleno pulmón—. Debemos marchar y llegar al castillo.

—Mi señor, va a anochecer... —Roland se acercó a Eric, asintiendo levemente con la cabeza—. Internarnos en el bosque por la noche es una locura, nos perderemos. Debemos acampar y entrar al amanecer.

—Está bien... —refunfuñó Eric asintiendo ante la petición de Roland, sabiendo que lo único que conseguirían era perderse en la oscuridad—. Que se monte el campamento, pero al amanecer entraremos.

Un mar de tiendas de campaña y pabellones fue montado en pocas horas; decenas de fogatas iluminaban aquel campamento. El crepitar del fuego se mezclaba con las voces de soldados y mercenarios; el olor a sudor y estofados flotaba en el aire. Eric estudiaba en su pabellón una miríada de mapas envejecidos por el tiempo en silencio; sabía la disposición de la ciudad y del castillo, que se alzaban ocultos en aquel bosque oscuro y un mar de zarzas de espinas. Uno de sus caballeros entró e hizo una reverencia ante él, esperando su permiso para hablar. Eric alzó la mirada y asintió levemente.

—Mi señor —el caballero hizo una reverencia y miró a Eric, dirigiéndose a él con una mezcla de miedo y respeto—, una ermitaña solicita una audiencia con vos; dice tener información sobre este lugar.

—Hazla pasar —Eric asintió levemente y se sentó en la silla de campaña, ante la mesa, para recibir a aquella extraña—. Veremos qué tiene que decir esa invitada no deseada.

El caballero asintió y se alejó a la entrada tras hacer una reverencia. La lona del pabellón se abrió dejando entrar el olor a madera quemada mezclada con el de comida rancia y tierra fresca. Una figura encapuchada y encorvada entró con paso lento, apoyándose en un largo cayado. Eric estudió a la ermitaña: las sombras de la capucha revelaban un rostro marcado por arrugas de la edad y una larga coleta de pelo blanco como la nieve caía por su pecho hasta casi llegar a la cintura; sus hombros estaban cubiertos por una piel de lobo y pudo sentir unos ojos azules intemporales estudiándolo en silencio.

—Sea bienvenida... —dijo con suavidad Eric, manteniendo una calma tensa ante aquella extraña ermitaña—. Dicen mis caballeros que tienes información para mí. ¿Acaso buscas dinero, anciana?

—Tengo información para ti, buen señor —la ermitaña se apartó la capucha, dejando ver su rostro curtido por la edad y dejando evidencias de una belleza inigualable en su juventud, mientras sus manos sujetaban con fuerza su cayado—. No busco dinero, solo advertiros de lo que hay dentro del bosque. Mi familia lleva advertidos a aquellos que quieren entrar desde mi abuela... —la voz de aquella anciana sonó suave e incluso con un leve tono de precaución—. En las ruinas del centro del bosque, ocultas en una prisión afilada de zarzas, descansa un mal que no debe ser despertado... Podéis reclamar el territorio, pero jamás debéis entrar en el bosque.

—Entiendo... —Eric asintió levemente y se acarició la barbilla con una tranquilidad absoluta, sin dejar de mirar a la anciana—. Si lo que dices es cierto, ha pasado casi un siglo desde que tu familia advierte a los viajeros. Entonces ese mal que dices habrá muerto de viejo, además esos son cuentos de hadas... Entraré, limpiaré ese bosque y reclamaré tanto la ciudad como el castillo. Ahora márchate antes de que pierda la paciencia, anciana.

—Has sido advertido —la anciana se puso la capucha de nuevo y se giró para marcharse, sin echar una segunda mirada a Eric—. Lo que suceda a partir de ahora será solo culpa vuestra, príncipe.

Eric la vio marchar y frunció el ceño; su mano derecha fue por instinto al libro del cuento de la caída de aquel reino. Lo abrió y ojeó las páginas en silencio, dudando durante un largo instante si aquella advertencia tenía algo de real o eran solo imaginaciones de una gente inculta con miedo a todo. Una risa seca salió de su garganta: la magia no existía, y tampoco los monstruos o maldiciones, que solían confundirse con plagas de enfermedades y conspiraciones encubiertas para parecer maquinaciones del destino. Apartó el libro y volvió a mirar el mapa del castillo con ambición desmedida, sabiendo que pronto tendría un reino que alzar de la nada.

Las cornetas tocaron al amanecer, despertando al campamento y poniendo en marcha a las tropas mercenarias a regañadientes, mientras los espaderos y lanceros de Eric ya formaban junto a la docena de caballeros. Aquel variopinto ejército se puso en marcha internándose en el espeso bosque en una columna de tres hombres. Un extraño silencio flotaba en aquel lugar, que parecía envolverlo todo como un sudario mortuorio. Eric sentía como si algo los observara avanzar; su mano derecha acariciaba el lomo del libro como si fuera un tótem, mientras miraba en todas direcciones. El aullido de un lobo rompió el silencio; a los pocos segundos fue contestado por decenas de aullidos. Roland desenvainó la espada y empezó a dar órdenes, sabiendo que las bestias hambrientas podían ser un problema. Eric desenvainó su espada y sus ojos miraron en todas direcciones en busca de alguna bestia salvaje saliendo de entre los árboles. Lo que salió de entre las sombras del bosque heló la sangre de cada hombre presente: enormes lobos del tamaño de un caballo de guerra con ojos amarillos hambrientos y bocas babeantes; agarradas a sus revueltos pelajes, figuras contrahechas de piel pálida y sucia los cabalgaban empuñando armas de hueso.

—¡Lanceros delante, espaderos detrás! —rugió Roland, mientras se movía a caballo por toda la columna—. ¡No dudéis! ¡Son solo comedores de cadáveres!

Pese a sus órdenes, se podía oler el miedo. Eric sabía por qué: nadie quería acabar siendo parte del menú de un carroñero de cadáveres. Los caballos se encabritaron al ver a aquellos enormes lobos, lanzando coces con sus pezuñas y arrojando al suelo a sus jinetes. Eric cayó al suelo con un gran estruendo al chocar su armadura con las raíces que sobresalían de la blanda tierra. Uno de aquellos jinetes carroñeros se lanzó a la carga, esperando encontrar una presa fácil que matar. Eric pudo ver la enorme boca llena de dientes y espuma del lobo, y la mirada demente de su jinete, que balanceaba una maza hecha con un fémur humano. No había tiempo para dudar; Eric alzó su espada y se echó hacia delante, atravesando el pecho del lobo, que cayó de lado hacia la derecha arrebatándole la espada de sus manos. El caníbal saltó de la montura muerta y golpeó con la maza de hueso el peto de Eric, haciéndolo resonar como un gong de bronce. Un gruñido salió de los labios del joven y apartó con un manotazo aquella maza, para luego golpear con un puñetazo brutal el rostro de aquel carroñero, rompiéndole la nariz y haciéndole saltar varios dientes. Sin dudarlo, Eric arrancó la espada del lobo aprovechando que su enemigo retrocedió aturdido y le cercenó la cabeza, que salió volando varios metros antes de caer al suelo. A su alrededor era una carnicería: decenas de lobos caían empalados en las lanzas; los caníbales se lanzaban contra las bien equipadas fuerzas de Eric con un fanatismo demente, arañando y golpeando con sus toscas armas antes de ser despedazados por las espadas, hachas o lanzas de soldados y mercenarios por igual.

La batalla solo duró un par de minutos. Cuerpos empalados de lobos se mezclaban con los retorcidos cuerpos de piel pálida de los caníbales; el hedor a metal, sangre y desechos humanos llenó el ambiente. Eric vio a los soldados y mercenarios rematando sin piedad a los enemigos heridos; sabía que aquellas cosas no la tendrían si fuera al revés y seguramente se comerían a los muertos. Roland ya estaba dando órdenes para reorganizar a la columna y volver a marchar. Eric volvió a montar su caballo y miró una última vez a aquel patético ser que había matado con asco. Habían perdido solo una docena de mercenarios y otra docena habían sido heridos. Eric vio cómo los acomodaron en los carros de suministros y volvieron a reanudar la marcha, esta vez en un silencio tenso y con las manos sobre las armas.

El avance se volvió lento y tedioso; tenían que abrirse paso despejando maleza y derribando árboles jóvenes. Eric se sentía tenso, como si alguien lo observara y no pudiera localizarlo. Podía oír el refunfuño de los mercenarios y los rezos de los soldados; todos estaban en tensión y parecía que en cualquier momento iban a echarse a correr en dirección contraria fuera del bosque. Pronto los árboles perdieron espacio y fueron sustituidos por paredes de enredaderas y zarzas de espinas. En el suelo era visible el viejo empedrado de las calles, y a lo lejos las torres del viejo castillo se alzaban como gigantes antiguos que los observaban en silencio fúnebre. Eric distinguió entre aquella frondosa y afilada flora lo que eran casas, con sus ventanas y puertas rotas mostrando una oscuridad insondable.

—Esto no es una ciudad, es un cementerio abandonado —Roland lo dijo señalando los esqueletos que se veían empalados en las zarzas—. Este lugar apesta a muerte y me da la sensación de estar observado, mi señor.

—Todo esto cambiará, Roland —contestó Eric modulando la voz para tranquilizar a su maestro de armas, pero también para ocultar su inquietud interna—. Las zarzas se pueden eliminar con fuego, los esqueletos se entierran y luego se repara el castillo y la ciudad, y se trae gente para habitarla.

—Sí, tiene razón... —asintió Roland levemente, sin dejar de mirar en todas direcciones con una cautela felina—. Tal vez solo sea mi imaginación o que me siento tenso tras el asalto de esos caníbales.

El silencio fúnebre del avance era roto por el graznar de los cuervos. Los soldados de Eric avanzaban con las armas listas y en tensión, mientras que los mercenarios tenían el brillo de la codicia en sus ojos y parecían a punto de dispersarse por la ciudad para saquearla. Eric dio la orden de parar en una plaza con una vieja fuente de piedra en su centro, sabiendo que debía dar un descanso a la columna en su avance. Desmontó de su caballo y miró hacia el castillo, que ya era visible desde su posición pese al mar de zarzas y espinas que cubría todo como un manto aprisionando la ciudad y envolviendo el castillo. Se sentó y abrió el viejo libro, buscando alguna referencia en aquel viejo cuento y en las leyendas de aquel reino caído. Grupos de mercenarios aprovecharon la ocasión y se acercaron a las casas en ruinas, sacando baúles polvorientos, cuadros, e incluso los más atrevidos saquearon a los esqueletos, quitándoles anillos, collares y piezas de armaduras herrumbrosas. Eric alzó la mirada de su libro y palideció al ver a un mercenario quemar las zarzas con una antorcha. Antes de que pudiera lanzar una advertencia, las zarzas y espinas se retorcieron ante el fuego como si fuera una bestia despertando de su letargo.

Un grito de asombro y terror salió de las gargantas de los mercenarios y soldados al ver cómo las zarzas y espinas tomaban la forma bestial de un enorme dragón vegetal, que rugió al desplegar sus enormes alas. Los esqueletos cayeron al suelo, libres de su prisión espinosa, y se alzaron como marionetas manejadas por un titiritero, empuñando armas herrumbrosas y mirando a los intrusos con las cuencas de sus calaveras en llamas verdes. Los cuernos resonaron para agrupar a los hombres. El dragón alzó el vuelo y planeaba en círculos sobre ellos, igual que un buitre sobre un hombre moribundo, mientras las zarzas restantes formaban un muro impenetrable y afilado cortando la ruta de escape de la ciudad. El paso de los esqueletos resonó sobre el viejo empedrado. Eric estaba pálido y tragó saliva: las leyendas eran ciertas y ahora amenazaban con matarlos a todos.

—¡Que todos formen un círculo defensivo alrededor de la fuente! —gritó a pleno pulmón Roland, mientras desenvainaba su espada y cogía un escudo para liderar aquella defensa desesperada—. ¡Son solo marionetas de ese monstruo! ¡No tengáis miedo de esos sacos de huesos!

—¡Roland! —chilló Eric corriendo hacia él, sujetando el libro como si fuera un tótem sagrado que le pudiera proteger—. ¡Debemos avanzar hasta el castillo! ¡Será una mejor posición defensiva! ¡Y allí está la solución de esto!

—¡Pero es un suicidio! —espetó Roland pálido por la orden, temblando y dudando entre su experiencia y la orden de su señor—. Muchos no lo lograrán...

—¿Prefieres quedarte en un lugar abierto con eso sobre nuestras cabezas? —Eric señaló con un dedo tembloroso al dragón vegetal, que planeaba sobre ellos y parecía mirarlos con un hambre ancestral—. Que los caballeros monten; todos deben correr al castillo. ¡Ahora!

Roland maldijo y dio la orden, montando su caballo para cabalgar con sus caballeros y Eric a toda velocidad. Los soldados corrieron en formación cerrada detrás de los caballeros, mientras que los mercenarios entraron en pánico. Eric vio cómo la gran mayoría de mercenarios se lanzaban contra los esqueletos, enloquecidos por el miedo y la falta de disciplina, solo para ser rodeados y despedazados de forma metódica por armas herrumbrosas. Como si la huida desesperada hubiera sido una señal, el dragón descendió planeando y abrió sus fauces, expulsando un vapor verde cargado de esporas sobre los últimos de la columna de humanos que huían hacia el castillo. Eric miró hacia atrás y vio con horror cómo la nube de esporas verdes envolvió a una docena de mercenarios, que cayeron al suelo presos de espasmos, vomitando sangre mientras zarzas brotaban por sus narices, bocas y oídos, consumiendo la vida de sus víctimas y volviéndolos cascarones resecos.

La huida parecía eterna; las zarzas y espinos les obligaban a serpentear por aquellas polvorientas calles, mientras esqueletos armados salían a su encuentro desde la oscuridad de las casas en ruinas o descolgándose de las masas de espinas vegetales como si fueran corruptas frutas maduras. Roland soltó un suspiro de alivio al ver el puente levadizo desplegado, tal vez dejado así por los habitantes originales o porque cayó al oxidarse y romperse las cadenas; lo que importaba era que podían entrar a resguardarse en el castillo. Eric escuchó cómo la madera podrida del puente levadizo crujía y nubes de polvo se alzaban en su avance por aquella descuidada estructura. Los caballeros saltaron de sus monturas al cruzar el portón y empezaron a cerrar las puertas, mientras los últimos soldados y mercenarios cruzaban de forma desesperada. El silencio fúnebre del patio de armas los recibió. Eric vio a los hombres derrumbarse sobre el suelo cubierto de malas hierbas, agotados por el miedo y la extenuante carrera por sus vidas. Roland jadeaba y estaba pálido; sus ojos observaban las descuidadas y medio derrumbadas almenas en busca de algún tipo de arma de asedio como catapultas o lanzavirotes con los que derribar al dragón.

—Estamos jodidos... mi señor... —gruñó Roland al no ver ningún arma con la que poder enfrentar aquella amenaza voladora que se cernía sobre ellos—. Este castillo será nuestra tumba...

—No, no lo será... —Eric señaló la torre más alta con un dedo, confiando por primera vez en el cuento de su niñez—. Si el cuento es correcto, el origen y la forma de poner fin a esta locura están allí arriba.

—¿Está seguro de ello, mi señor? —la pregunta salió de forma temblorosa de los labios de Roland, sin saber qué pensar en este momento sobre el estado mental de Eric—. Es arriesgado enviar una partida de búsqueda al interior; si los muros no son defendidos, los muertos nos sobrepasarán.

—Iré yo solo, tú defiende las murallas —ordenó Eric, girándose y empezando a alejarse del resto en dirección a las puertas del castillo—. Este reino es mío y no voy a dejar que nada me lo quite, ya sea una criatura mortal o una mágica.

Eric cruzó el umbral de acceso al castillo, apartando las puertas podridas, que chirriaron con un aullido parecido al de un espectro condenado. Cruzó el recibidor con paso rápido y salió a un gran salón; cada paso sobre la mohosa alfombra levantaba nubes de polvo. Los retratos de las paredes, llenos de telas de araña, parecían observar sus movimientos, y en el suelo había cuerpos momificados de sirvientes con ropas descoloridas y caballeros de armadura oxidada.

El olor a moho, polvo y putrefacción flotaba en el ambiente. Eric subió en silencio los escalones de piedra de la escalinata que llevaba al ramal de pasillos oscuros. Usó su espada para cercenar telas de araña de decenas de años, que colgaban como tapices del techo formando muros de tela. Arañas del tamaño de un puño huían asustadas por la presencia del intruso. Eric al fin encontró lo que buscaba: una puerta de hierro negro. Dos guardias momificados en sus armaduras yacían tirados ante ella como marionetas a las que les hubieran cortado los hilos.

Eric se lamió los labios resecos; sabía que detrás de esa puerta había una escalera de cientos de peldaños que lo llevaba a la estancia donde dormía la princesa maldita de Narmid, la única forma de solucionar este problema. Empujó la puerta y empezó a subir los escalones. En su ascenso pudo vislumbrar la batalla que se libraba en el exterior: los lanceros y espaderos derribaban, destruían o empujaban a los esqueletos que trepaban por las murallas como escaladores; varios mercenarios supervivientes disparaban flechas incendiarias contra el dragón vegetal; Roland y sus caballeros habían conseguido hacer funcionar una vieja balista e intentaban derribar al monstruo alado sin éxito. Sabía que el tiempo corría en su contra. Sin dudarlo, siguió ascendiendo por los escalones en espiral, notando cómo la temperatura descendía de forma acelerada y el vapor salía de su boca. Al llegar al final de la escalera, se encontró una puerta medio congelada. Apoyó el hombro derecho y empujó la puerta, que se movió despacio hasta dejar espacio para entrar en los aposentos de la torre.

Cada paso en el interior de la estancia hacía crujir la fina capa de hielo del suelo; los muebles ornamentados brillaban y podía ver sobre un tocador joyas congeladas. La mirada de Eric se clavó en la enorme cama: allí, arropada, había una mujer de belleza inigualable, su piel era de una palidez azulada y sus labios rojos como la sangre fresca; su pelo largo tenía el tono dorado del trigo. Cualquiera que la hubiera mirado pensaría que estaba muerta, si no fuera por el leve movimiento del pecho de ella. Eric avanzó hasta ella; sentía los dedos de las manos y los pies adormilados por el frío, pero no le importaba y seguía avanzando hacia aquella durmiente princesa atraído por su aura de belleza, igual que una polilla al fuego.

—¿Cómo debo acabar con la maldición? —se preguntó en voz baja Eric, deteniéndose ante ella con la armadura cubierta de escarcha—. ¿Debo matarla? ¿Besarla?

Pero antes de que pudiera continuar con sus dudas, las manos de la durmiente se alzaron y agarraron con una suavidad aterciopelada el rostro de Eric. Sus labios se rozaron y notó una descarga eléctrica sacudir su cuerpo cuando su esencia vital empezó a ser absorbida por aquella helada mujer. Presa del miedo, Eric manoteó desesperado, consiguiendo separarse de ella y cayendo al suelo jadeando. La imagen que el hielo del suelo le devolvió al posar su mirada lo dejó sin aliento, al ver su rostro envejecido décadas en los segundos pasados tras el beso.

—Ven, mi querido príncipe... —susurró la princesa levantándose con tranquilidad absoluta y avanzando con paso tranquilo hacia el caído Eric—. ¿No quieres tu premio por despertarme de mi sueño?

—¡Atrás! —chilló Eric alejándose, arrastrándose por el suelo helado—. Seguro que eres la maldita hada... y no la princesa de Narmid...

—Idiota, yo soy la princesa y hechicera de Narmid... —espetó la princesa sentándose a horcajadas sobre la espalda de Eric y agarrando su cuello con sus manos tan frías como el hielo glaciar—. Esa puta hada me maldijo encerrándome aquí para evitar que conquistara todos los reinos de los alrededores y creara un imperio con mi magia oscura... —susurró en el oído de Eric, mientras absorbía su esencia vital con la voracidad de alguien que ha pasado una hambruna—. Solo necesitaba un beso de alguien de sangre real para liberarme...

—No... no... —las palabras salieron de los apergaminados labios de Eric, mientras se convertía en una momia reseca y sentía que su vida se le escapaba entre los dedos—. El cuento... era una... trampa...

—Sí, siempre lo fue, niño —la princesa se puso en pie y se apartó del cuerpo reseco de Eric, asomándose a la ventana y mirando la batalla que finalizaba al transformarse en polvo el dragón vegetal al romperse el hechizo que la mantenía dormida y presa en aquel lugar—. Pero no te preocupes... Volverás a la vida como mi fiel siervo y general; tengo una venganza contra una vieja hada.

La princesa se rió y alzó su mano derecha. El cuerpo muerto de Eric se levantó, recuperando su apariencia de antes de su encuentro, pero su piel se había vuelto azulada y su pelo seguía siendo blanco. Eric se arrodilló ante ella en un silencio mortecino, mientras la risa perversa de aquella mujer resonaba y alzaba a cada muerto del castillo para su campaña de conquista.



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